Christian está pasando ambas manos por su cabello y caminando de un lado a
otro por su estudio. Dos manos, eso es doble exasperación. Su control sólido
usual se ha esfumado.
―No entiendo por qué no me dijiste ―me crítica severamente.
―El tema nunca surgió. No tengo el hábito de revelar mi estatus sexual a todo el que
conozco. Quiero decir, apenas si nos conocemos. ―Estoy mirando mis manos. ¿Por
qué me estoy sintiendo culpable? ¿Por qué está tan enojado? Le doy una mirada.
―Bueno, tú sabes mucho sobre mí ahora ―chasquea, su boca se presiona en una línea
severa―. ¡Sabía que eras inexperta, pero virgen! ―Lo dice como si realmente fuera una
mala palabra―. Rayos, Ana, acabo de mostrarte ―gime―. Puede que Dios me
perdone. ¿Alguna vez has sido besada, sin contarme a mí?
―Por supuesto que sí. ―Hago mi mejor esfuerzo para lucir ofendida. De acuerdo…
quizás dos veces.
―¿Y un joven agradable no ha caído rendido a tus pies? Simplemente no entiendo.
Tienes veintiuno, casi veintidós. Eres hermosa. ―Pasa sus manos por su cabello otra
vez.
Hermosa. Me sonrojo, complacida. Christian Grey piensa que soy hermosa. Anudo mis
dedos, mirándolos fijamente, tratando de ocultar mi sonrisa tonta. Quizás es corto de
vista, mi subconsciente ha levantado su cabeza, sonámbula. ¿Dónde estaba cuando la
necesitaba?
―Y estás discutiendo con seriedad lo que quiero hacer, cuando no tienes experiencia.
―Sus cejas se juntan―. ¿Cómo has evitado el sexo? Dime, por favor.
Me encojo de hombros.
―No ha habido nadie en realidad, ya sabes. ―Nadie ha estado a la altura, sólo tú. Y
resultaste ser alguna clase de monstruo―. ¿Por qué estás tan enojado conmigo?
―susurro.
―No estoy enojado contigo, estoy enojado conmigo. Simplemente asumí… ―Suspira.
Me mira con astucia y luego sacude su cabeza―. ¿Quieres irte? ―pregunta, su voz
gentil.
―No, a menos que quieras que me vaya ―murmuro. Oh no… No quiero irme.
―Por supuesto que no. Me gusta tenerte aquí. ―Él frunce el ceño mientras dice esto y
luego mira su reloj―. Es tarde. ―Y se gira para mirarme―. Estás mordiéndote el
labio. ―Su voz es ronca y está mirándome especulativamente.
―Lo siento.
―No te disculpes. Es sólo que también quiero morderlo, duro.
Jadeo… cómo puede decirme cosas como esa y esperar que no esté afectada.
―Ven ―murmura.
―¿Qué?
―Vamos a rectificar la situación ahora mismo.
―¿Qué quieres decir? ¿Qué situación?
―Tu situación. Ana, voy a hacerte el amor, ahora.
―Oh. ―El piso se ha desmoronado. Soy una situación. Estoy sosteniendo mi
respiración.
―Si es que quieres hacerlo, quiero decir, no quiero empujar mi suerte.
―Creí que tú no hacías el amor. Creí que follabas duro. ―Trago saliva, mi boca
repentinamente seca.
Me da una sonrisa maliciosa, los efectos de ésta viajan todo el camino hasta allí.
―Puedo hacer una excepción o quizás combine los dos, ya veremos. Realmente quiero
hacerte el amor. Por favor, ven a mi cama conmigo. Quiero que nuestro acuerdo
funcione, pero realmente necesitas tener alguna idea de en qué te estás metiendo.
Podemos empezar tu entrenamiento esta noche, con lo básico. Esto no significa que
todo vaya a volverse corazones y flores, es un medio para un fin, pero uno que quiero,
y que espero que tú también. ―Su mirada gris es intensa.
Me sonrojo… oh Dios mío… los deseos se hacen realidad.
―Pero no he hecho todas las cosas que exiges de tu lista de reglas. ―Mi voz está
entrecortada, vacilante.
―Olvídate de las reglas. Olvídate de todos esos detalles por esta noche. Te deseo. Te
he deseado desde que entraste en mi oficina y sé que me deseas. No estarías sentada
aquí discutiendo calmadamente sobre castigo y límites estrictos si no lo quisieras. Por
favor, Ana, pasa la noche conmigo. ―Extiende su mano en mi dirección, sus ojos
están brillantes, ardientes… excitados y pongo mi mano en la suya. Él me empuja
hacia sus brazos así que puedo sentir la longitud de su cuerpo contra el mío, esta
acción rápida me toma por sorpresa. Pasa sus dedos alrededor de mi cuello, enrolla mi
cola de caballo alrededor de su muñeca y empuja gentilmente, así que me veo obligada
a mirar arriba hacia él. También me mira.
―Eres una joven valiente ―susurra―. Estoy impresionado.
Sus palabras son como alguna clase de artefacto incendiario; mi sangre arde. Se
inclina, besa mis labios gentilmente y chupa mi labio inferior.
―Quiero morder este labio ―murmura contra mi boca y cuidadosamente tira de éste
con sus dientes. Gimo y él sonríe.
―Por favor, Ana, déjame hacerte el amor.
―Sí ―susurro, porque esa es la razón por la que estoy aquí. Su sonrisa es triunfante
mientras me libera, toma mi mano y me lleva a través del apartamento.
Su habitación es enorme. Las ventanas dejan ver un Seattle iluminado y elevado. Las
paredes son blancas y los muebles son azul pálido. La cama enorme es ultra-moderna,
hecha de madera gris y áspera, cuatro postes pero sin dosel. Sobre la pared encima de
estos hay una pintura impresionante del mar.
Estoy temblando como una hoja. Esto es. Finalmente, después de todo este tiempo,
voy a hacerlo, con nadie más que Christian Grey. Mi respiración es superficial y no
puedo quitarle los ojos de encima. Él se quita su reloj y lo pone sobre la parte superior
de un mueble con cajones a juego con la cama y se quita la chaqueta, dejándola sobre
la silla. Está vestido con una camisa de lino blanco y pantalones. Es de una belleza
sorprendente. Su cabello cobrizo oscuro es un desastre, su camisa está por fuera, sus
ojos grises audaces y deslumbrantes. Se quita sus Converse, se estira y se saca las
medias, una por una. Los pies de Christian Grey… vaya… ¿qué tienen los pies
descalzos? Girándose, me mira, su expresión suave.
―Asumo que no tomas la píldora.
¡Qué! Mierda.
―Pensé que no. ―Abre el cajón superior del mueble y saca un paquete de condones.
Me mira atentamente.
―Prepárate ―murmura―. ¿Quieres las cortinas cerradas?
―No me importa ―susurro―. Pensé que no dejabas que nadie durmiera en tu cama.
―¿Quién dice que vamos a dormir? ―murmura suavemente.
―Oh. ―Santa mierda.
Camina lentamente hacia mí. Confiado, sexy, sus ojos ardientes y mi corazón empieza
a palpitar. Mi sangre está bombeando alrededor de mi cuerpo. Deseo, denso y caliente
llena mi estómago. Él se para frente de mí, mirándome a los ojos. Es jodidamente
atractivo.
―Vamos a quitar esta chaqueta, ¿de acuerdo? ―dice suavemente, toma las solapas y
desliza gentilmente mi chaqueta por mis hombros. La deja sobre la silla.
―¿Tienes idea de lo mucho que te deseo, Ana Steele? ―susurra. Mi respiración se
entrecorta. No puedo quitar mis ojos de los suyos. Se estira y gentilmente pasa sus
dedos desde mi mejilla hasta mi barbilla.
―¿Tienes alguna idea de lo que voy a hacerte? ―agrega, acariciando mi barbilla.
Los músculos dentro de la parte más profunda y más oscura de mí se aprietan de la
forma más deliciosa. El dolor es tan dulce y agudo que quiero cerrar mis ojos, pero
estoy hipnotizada por los ojos grises mirándome fervientemente. Inclinándose, me
besa. Sus labios son demandantes, firmes y lentos, moldeando los míos. Empieza a
desabotonar mi camisa mientras deja besos como toques de plumas sobre mi
mandíbula, mi barbilla y las esquinas de mi boca. Lentamente la quita y la deja caer al
suelo. Retrocede y me mira. Tengo un sostén de ajuste perfecto de color azul claro.
Gracias al cielo.
―Oh, Ana ―respira―. Tienes la piel más hermosa, pálida y perfecta. Quiero besar
cada centímetro de tu cuerpo.
Me sonrojo. Oh Dios mío… ¿Por qué dijo que no podía hacerme el amor? Haré
cualquier cosa que quiera. Toma mi lazo para el cabello, lo quita y jadea cuando mi
cabello cae en cascadas alrededor de mis hombros.
―Me gustan las morenas ―murmura y sus manos están en mi cabello, agarrando cada
lado de mi cabeza. Su beso es demandante, su lengua y labios miman los míos. Gimo
y mi lengua encuentra tentativamente la suya. Pone sus brazos a mí alrededor y me
arrastra contra su cuerpo, apretándome con fuerza. Una mano permanece en mi
cabello, la otra viaja por mi espina dorsal hasta mi cintura y luego a mi trasero. Sus
manos se flexionan sobre él y aprieta gentilmente. Me sostiene contra sus caderas y
siento su erección, que lánguidamente empuja hacia mí.
Gimo una vez más en su boca. Difícilmente puedo contener las sensaciones
desenfrenadas o las hormonas que se alborotan a través de mi cuerpo. Lo deseo con
tantas ganas. Tomando la parte superior de sus brazos, siento sus bíceps, él es
sorprendentemente fuerte… muscular. Tentativamente, muevo mis manos a su rostro y
hacia su cabello. Santo Moisés. Es tan suave, revuelto. Tiro gentilmente y él gime. Me
lleva hacia la cama, hasta que la siento detrás de mis rodillas. Creo que va a
empujarme sobre ella, pero no lo hace. Liberándome, repentinamente cae sobre sus
rodillas. Agarra mis caderas con ambas manos y recorre con su lengua alrededor de mi
ombligo, luego mordisquea gentilmente su camino hasta el hueso de mi cadera, luego
sobre mi vientre hasta el otro lado.
―Ah ―gimo.
Mirarlo sobre sus rodillas en frente de mí, sentir su boca sobre mí, es tan inesperado y
caliente. Mis manos permanecen en su cabello, empujando gentilmente mientras trato
de tranquilizar mi respiración demasiado fuerte. Me mira a través de esas pestañas
imposiblemente largas, sus ojos de un gris ahumado ardiente. Sus manos alcanzan y
deshacen el botón de mis jeans y sin prisas baja la cremallera. Sin quitar sus ojos de
mí, sus manos se mueven bajo la pretina, rozándome y moviéndose a mi trasero. Sus
manos se deslizan lentamente desde mi trasero a mis muslos, quitando mis jeans
mientras lo hace. No puedo alejar mi mirada. Él se detiene y lame sus labios, nunca
rompiendo el contacto visual. Se inclina hacia adelante, recorriendo su nariz hasta el
vértice entre mis muslos. Lo siento. Allí.
―Hueles tan bien ―murmura y cierra sus ojos, una mirada de placer puro sobre su
cara y prácticamente convulsiono. Se estira y tira de la manta de la cama, luego me
empuja gentilmente hasta que caigo sobre el colchón.
Todavía arrodillado, agarra mi pie y desata mi Converse, quitándome mi zapato y la
media. Me levanto sobre mis codos para ver lo que está haciendo. Estoy jadeando…
queriendo. Él levanta mi pie por el talón y corre la uña de su pulgar por el empeine. Es
casi doloroso, pero siento que el movimiento hace eco en mi ingle. Jadeo. Sin quitar
sus ojos de los míos, otra vez pone su lengua a lo largo de mi empeine y luego sus
dientes. Mierda. Gimo… cómo puedo sentir esto, allí. Me recuesto sobre la cama,
gimiendo. Escucho su risita suave.
―Oh, Ana, lo que podría hacerte ―susurra. Me quita mi otra media y zapato, luego se
para y me quita los jeans. Estoy acostada sobre su cama vestida sólo con mi sostén y
bragas y él está mirándome.
―Eres muy hermosa, Anastasia Steele. No puedo esperar a estar dentro de ti.
Santa Mierda. Sus palabras. Él es tan seductor. Me quita la respiración.
―Muéstrame cómo te complaces.
¿Qué? Frunzo el ceño.
―No seas tímida, Ana, muéstrame ―susurra.
Sacudo mi cabeza.
―No sé qué quieres decir. ―Mi voz es ronca, difícilmente la reconozco, enlazada con
el deseo.
―¿Cómo te haces correr? Quiero verlo.
Sacudo mi cabeza.
―No lo hago ―murmuro. Él levanta sus cejas, asombrado por un momento, sus ojos
se oscurecen y sacude su cabeza en incredulidad.
―Bueno, tendremos que ver lo que podemos hacer sobre eso. ―Su voz es suave,
desafiante, una amenaza deliciosa y sensual. Deshace los botones de sus pantalones y
lentamente se los baja, sus ojos sobre los míos todo el tiempo. Se inclina sobre mí y,
agarrando cada uno de mis tobillos, separa rápidamente mis piernas y se arrastra sobre
la cama entre ellas. Se cierne sobre mí. Estoy temblando con necesidad.
―Quédate quieta ―murmura y luego se inclina y besa el interior de mi muslo,
dejando un rastro de besos hacia arriba, sobre el material de encaje delgado de mis
bragas, besándome.
Oh… no puedo quedarme quieta. ¿Cómo no puedo moverme? Me retuerzo bajo él.
―Vamos a tener que trabajar en que te quedes quieta, nena. ―Deja besos sobre mi
vientre, su lengua se hunde en mi ombligo. Todavía está dirigiéndose al norte,
besándome sobre mi torso. Mi piel está en llamas. Estoy sonrojada, demasiado
caliente, demasiado fría, estoy agarrando la sábana bajo mí. Se tumba a mi lado y su
mano viaja desde mi cadera, a mi cintura y hasta mi pecho. Me mira, su expresión
ilegible y gentilmente acuna mi pecho.
―Llenas mi mano perfectamente, Anastasia ―murmura y hunde su dedo índice en la
copa de mi sostén y gentilmente la tira hacia abajo liberando mi pecho, pero el alambre
de abajo y la tela de la copa lo fuerzan hacia arriba. Su dedo se mueve a mi otro pecho
y repite el proceso. Mis pechos están hinchados y mis pezones se endurecen bajo su
mirada firme. Estoy atada por mi propio sostén.
―Muy lindo ―susurra apreciativamente y mis pezones se endurecen incluso más.
Sopla muy suavemente sobre uno mientras su mano se mueve a mi otro pecho y su
pulgar gira lentamente al final de mi pezón, alargándolo. Gimo, sintiendo la dulce
sensación hasta en mi ingle. Estoy tan húmeda. Oh por favor, ruego internamente
mientras mis dedos aprietan mucho más la sábana. Sus labios se cierran alrededor de
mi otro pezón y tira de él. Casi convulsiono.
―Vamos a ver si podemos hacer que te corras de esta manera ―susurra, continuando
su asalto lento y sensual. Mis pezones soportan el peso delicioso de sus dedos hábiles y
labios, encendiendo cada terminación nerviosa de mi cuerpo así que mi cuerpo entero
canta con dulce agonía, él simplemente no se detiene.
―Oh… por favor ―ruego y echo mi cabeza hacia atrás, mi boca abierta mientras
gimo, mis piernas endurecidas. Santa mierda, ¿qué está sucediéndome?
―Vamos, nena ―murmura. Sus dientes se cierran sobre mi pezón y su pulgar y dedo
empujan fuerte y me deshago en sus manos, mi cuerpo convulsionando haciéndose
añicos en miles de pedazos. Él me besa, profundamente, su lengua en mi boca
absorbiendo mis gritos.
Oh Dios mío. Eso fue extraordinario. Ahora sé de qué se trata todo esto. Su mirada baja
hacia mí, una sonrisa satisfecha sobre su rostro, aunque estoy segura de que no hay
nada más que gratitud y admiración en la mía.
―Eres muy sensible ―respira―. Vas a tener que aprender a controlar eso y va a ser
muy divertido enseñarte cómo. ―Me besa otra vez.
Mi respiración todavía está entrecortada mientras bajo de mi orgasmo. Su mano se
mueve a mi cintura, a mi cadera y luego me acuna, íntimamente… Caramba. Su dedo
se desliza a través del encaje fino y lentamente hace círculos a mí alrededor… allí.
Brevemente cierra sus ojos y su respiración se entrecorta.
―Estás tan deliciosamente húmeda. Dios, te deseo. ―Empuja su dedo en mi interior y
grito mientras lo hace una y otra vez. Pasa su mano por mi clítoris y grito una vez más.
Empuja en mi interior más y más fuerte. Gimo.
De repente, se sienta, tira de mis bragas y la lanza sobre el suelo. Se quita sus bóxers y
su erección se libera. Santa vaca… Se estira sobre su mesa de noche y agarra un paquete
de aluminio y luego se mueve entre mis piernas, separándolas mucho más. Se pone de
rodillas y empuja un condón sobre su considerable longitud. Oh no… ¿Lo hará? ¿Cómo?
―No te preocupes ―respira, sus ojos sobre los míos―. También te expandes. ―Se
inclina, su mano en cada lado de mi cabeza, así se cierne sobre mí, mirándome a los
ojos, su mandíbula apretada, sus ojos quemando. Es sólo ahora que me doy cuenta que
todavía está vistiendo su camisa.
―¿Realmente quieres hacer esto? ―pregunta suavemente.
―Por favor ―ruego.
―Pon tus rodillas arriba ―ordena suavemente y soy rápida en obedecer―. Voy a
follarte ahora, señorita Steele ―murmura, mientras posiciona la cabeza de su erección
en la entrada de mi sexo―. Duro ―susurra y se hunde de un golpe en mi interior.
―¡Aargh! ―grito mientras siento una extraña sensación de pinchazo profunda en mi
interior mientras él rasga mi virginidad. Se queda quieto, mirándome, sus ojos
brillantes con triunfo extático.
Su boca está abierta ligeramente y su respiración es pesada. Gime.
―Estás tan apretada. ¿Estás bien?
Asiento, mis ojos amplios, mis manos en sus antebrazos. Me siento tan llena. Sigue
quieto, dejándome aclimatarme a la sensación intrusiva y abrumadora de él en mi
interior.
―Voy a moverme, nena ―respira después de un momento, su voz tirante.
Oh.
Se retira con una lentitud exquisita. Y cierra sus ojos, gime y empuja en mi interior de
nuevo. Grito una segunda vez y él se queda quieto.
―¿Más? ―susurra, su voz torca.
―Sí. ―Aspiro. Él lo hace una vez más y se queda quieto de nuevo.
Gimo. Mi cuerpo aceptando… Oh, quiero esto.
―¿Otra vez? ―aspira.
―Sí. ―Es una súplica.
Y él se mueve, pero esta vez no se detiene. Se echa sobre sus codos para así poder
sentir su peso sobre mí, oprimiéndome. Se mueve lentamente al principio,
impulsándose dentro y fuera de mí. Acelera. Yo gimo, él se mueve más fuerte,
acelerando la velocidad, sin piedad, un ritmo incesante y yo mantengo el ritmo,
encontrándome con sus embestidas. Agarra mi cabeza entre sus manos y me besa
fuertemente, sus dientes agarrando mi labio inferior otra vez. Se mueve un poco y
puedo sentir la edificación de algo muy dentro de mí, como antes. Empiezo a ponerme
más rígida a medida que el empuja una y otra vez. Mi cuerpo se estremece, se arquea,
un brillo de sudor se acumula sobre mí. Oh Dios... no sabía que iba a sentirse así... no
sabía que podía sentirse tan bueno como esto. Mis pensamientos se dispersan... sólo
hay sensación... sólo él... sólo yo... oh, por favor... me pongo rígida.
—Acaba para mí —susurra sin aliento y me deshago con sus palabras, explotando
alrededor de él mientras llego al clímax y me desarmo en un millón de pedazos debajo
de él. Mientras él se viene, dice mi nombre, empujando duro, luego quedándose quieto
mientras acaba dentro de mí.
Todavía estoy jadeando, tratando de aminorar mi respiración, mi corazón desbocado y
mis pensamientos están desenfrenados. Guao... eso fue asombroso. Abro los ojos y
tiene su frente apretada contra la mía, sus ojos cerrados, su respiración entrecortada.
Los ojos de Christian parpadean abriéndose y me miran, sombríos pero suaves.
Todavía está dentro de mí. Inclinándose, presiona suavemente un beso en mi frente y
luego, lentamente, se retira de mí.
—Oh. —Me estremezco con la falta de familiaridad.
—¿Te lastimé? —pregunta Christian mientras se acuesta a mi lado, recostado sobre un
codo. Se coloca un mechón de pelo detrás de la oreja. Y tengo que sonreír,
ampliamente.
—¿Me estas preguntando si me heriste?
—No he perdido la ironía —sonríe sardónicamente—. De verdad, ¿estás bien? —Sus
ojos son intensos, minuciosos, exigentes incluso.
Me tiendo a su lado, sintiéndome despejada, mis huesos como la mermelada, pero
estoy relajada, profundamente relajada. Le sonrío. No puedo dejar de sonreír. Ahora
sé por qué tanto alboroto. Dos orgasmos… llegando al tope, como una lavadora en
centrifugado, wow. No tenía idea de lo que mi cuerpo era capaz de hacer, podía ser
enrollado con tanta fuerza y liberado con tanta violencia, tan gratificante. El placer era
indescriptible.
—Estas mordiéndote el labio y no me has respondido. —Tiene el ceño fruncido. Le
sonrío con picardía. Luce glorioso con su pelo alborotado, sus ojos grises ardientes y la
expresión seria y oscura.
—Me gustaría hacer eso de nuevo —susurro. Por un momento, pienso que veo una
mirada fugaz de alivio en su rostro antes de que las persianas bajen y me mira con los
ojos entornados.
—¿Lo harías ahora, señorita Steele? —murmura secamente. Se inclina y me besa
gentilmente en la esquina de mi boca—. No exiges pequeñas cosas. Voltéate.
Parpadeo en su dirección momentáneamente y me volteo. Me desabrocha el sujetador
y pasa su mano de la espalda a mi trasero.
—De verdad tienes la piel más bella —murmura. Se mueve hasta que una de sus
piernas está entre las mías y esta acostado a medias en mi espalda. Puedo sentir los
botones de su camisa presionándome mientras recoge mi cabello y besa mi hombro
desnudo.
—¿Por qué estas usando tu camisa? —pregunto. Él se queda quieto. Después de un
latido, se quita la camisa y se acuesta sobre mí. Siento su cálida piel contra la mía.
Mmmm… se siente celestial. Tiene una fina capa de pelo en el pecho que me hace
cosquillas en la espalda.
—Entonces, ¿quieres que te folle otra vez? —me susurra en el oído y comienza a dejar
un rastro de suaves y delicados besos alrededor de mi oído y bajando por mi cuello.
Sus manos bajan, rozando mi cintura, encima de mi cadera y abajo de mi muslo a la
parte de atrás de mi rodilla. Empuja mi rodilla más arriba y mi aliento se dificulta...
¡Oh! ¿qué está haciendo ahora? Se mueve para estar entre mis piernas, presionándose
contra mi espalda y su mano se desplaza desde mi muslo hasta mi trasero. Me acaricia
el glúteo lentamente y luego arrastra los dedos por entre mis piernas.
—Te voy a tomar desde atrás, Anastasia —murmura y con su otra mano sujeta mi pelo
por la nuca en un puño y tira suavemente, manteniéndome en posición. No puedo
mover la cabeza. Estoy maniatada por debajo de él, impotente.
—Eres mía —susurra—. Solo mía. No lo olvides. —Su voz es intoxicante, sus
palabras emocionantes y seductoras. Siento su erección creciendo contra mi muslo.
Sus largos dedos se desplazan para masajear suavemente mi clítoris, dando vueltas
lentamente. Su respiración es suave contra mi cara mientras lentamente me pellizca a
lo largo de mi mandíbula.
—Hueles divino —me acaricia detrás de la oreja. Su mano se frota contra mí, dando
vueltas y vueltas. Acto reflejo, mis caderas comienzan a circular, imitando su mano,
mientras el insoportable placer despunta a través de mi sangre como adrenalina.
—Quédate quieta —me ordena, su voz suave pero urgida y lentamente introduce su
pulgar dentro de mí, girándolo en vueltas y vueltas, acariciando la pared frontal de mi
vagina. El efecto es alucinante, toda mi energía se concentra en este espacio pequeño
dentro de mi cuerpo. Gimo.
—¿Te gusta? —pregunta suavemente, sus dientes tomando mi oreja y comienza a
flexionar el dedo lentamente, adentro, afuera, adentro, afuera... sus dedos siguen
dando vueltas.
Cierro mis ojos, tratando de mantener mi respiración bajo control, tratando de
absorber las caóticas sensaciones desordenadas a las que sus dedos dan rienda suelta, el
fuego atravesando mi cuerpo. Gimo de nuevo.
—Estas muy mojada, tan rápido. Tan entusiasta, Oh, Anastasia, me gusta eso. Me
gusta mucho —susurra.
Quiero endurecer mis piernas pero no me puedo mover. Me está inmovilizando,
manteniendo una constante, el ritmo lento y tortuoso. Es absolutamente exquisito.
Gimo de nuevo y se mueve de repente.
—Abre tu boca —ordena y mete su dedo en mi boca. Mis ojos se abren, parpadeando
salvajemente.
—Prueba como sabes —respira contra mi oído—. Chúpame, cariño. —Su pulgar se
presiona contra mi lengua y mi boca se cierra alrededor de él, succionándolo
salvajemente. Pruebo la salinidad en su pulgar y el sabor metálico de la sangre. Santa
mierda. Esto está mal, pero santos infiernos, es erótico.
—Quiero follarte la boca, Anastasia y lo haré pronto — su voz es ronca, cruda, su
respiración más inconexa.
¡Follarme la boca! Gimo y lo muerdo. Él jadea y me tira el pelo más fuerte, con
dolor, así que lo libero.
—Mi atrevida y dulce chica —susurra y luego alcanza la mesa de noche para
conseguir un paquete plateado—. Quédate tranquila, no te muevas —me ordena
mientras libera mi cabello.
Rompe el papel mientras respiro con dificultad, la sangre zumbando en mis venas. La
anticipación es estimulante. Se inclina hacia abajo, su peso sobre mí y me agarra del
cabello manteniendo mi cabeza inmóvil. No me puedo mover. Estoy seductoramente
atrapada por él, preparada y lista para que me tome otra vez.
—Vamos a hacerlo de verdad, despacio esta vez, Anastasia —resopla.
Y poco a poco se acomoda en mí, poco a poco, lentamente, hasta que está enterrado
en mí. Estirándose, llenándome, implacable. Gimo ruidosamente. Se siente más
profundo esta vez, delicioso. Gimo otra vez y deliberadamente hace circular sus
caderas y retrocede, se pausa un segundo y luego vuelve a entrar. Repite esto una y
otra vez. Me está volviendo loca, sus embestidas juguetonas, deliberadamente lentas y
la sensación de plenitud intermitente es abrumadora.
—Te sientes tan bien —gime y mis entrañas comienzan a temblar. Se retira y espera—
. Oh, no, nena, todavía no —murmura y cuando el temblor cesa, comienza el
delicioso proceso de nuevo.
—Oh, por favor —suplico. No estoy segura de que pueda soportarlo más. Mi cuerpo
esta aprisionado, ansiando la liberación.
—Quiero que te duela, cariño —murmura y continua su dulce tormento, sin prisa,
hacia atrás, hacia adelante—. Cada vez que te muevas mañana, quiero que recuerdes
que he estado aquí. Sólo yo. Eres mía.
Gimo.
—Por favor, Christian —susurro.
—¿Qué quieres, Anastasia? Dime.
Gimo de nuevo. Lo saca y se mueve lentamente hacia mí, girando las caderas una vez
más.
—Dime —murmura.
—A ti, por favor. —Incrementa el ritmo sólo un poco y su respiración se vuelve más
errática. Mis entrañas empiezan a acelerarse y Christian coge el ritmo.
—Eres.Tan.Dulce —murmura entre cada embestida—. Te.Deseo.Tanto.
Gimo.
—Eres.Mía. Acaba para mi, cariño —gruñe.
Sus palabras son mi perdición, inclinándome por el precipicio. Mi cuerpo se
convulsiona en torno a él y acabo, ruidosamente diciendo en voz alta una versión
distorsionada de su nombre en el colchón y Christian sigue con dos embestidas agudas,
y se congela, acabando dentro de mí mientras se libera. Se derrumba sobre mí, su
rostro en mi pelo.
—Mierda. Ana —susurra. Se quita sobre mi inmediatamente y rueda sobre su lado de
la cama. Subo mis rodillas hasta mi pecho, completamente agotada e inmediatamente
me quedo dormida o pierdo el conocimiento en un sueño exhausto.
Cuando me despierto, todavía está oscuro. No tengo idea de cuánto he dormido. Me
extiendo por debajo de la manta y me siento adolorida, deliciosamente adolorida.
Christian no se ve por ningún lado. Me siento, viendo el paisaje de la ciudad en frente
de mí. Hay unas pocas luces entre los rascacielos y hay un susurro del amanecer en el
este. Escucho música. Las notas melodiosas del piano, un lamento triste y dulce. Bach,
creo, pero no estoy segura.
Me envuelvo en el edredón y silenciosamente voy hacia el corredor y hacia el gran
salón. Christian está en el piano, completamente perdido en la música que está
sonando. Su expresión es triste y desamparada, como la música. Su interpretación es
fascinante. Recostada contra la pared de la entrada, escucho embelesada. Él es un
músico consumado. Se sienta desnudo, su cuerpo bañado por la cálida luz emitida por
una lámpara solitaria junto al piano. Con el resto de la gran sala en la oscuridad, es
como si estuviera en su propia aislada piscina, intocable... solo en una burbuja.
Voy lentamente en silencio hacia él, atraída por la música sublime, la melancolía.
Estoy hipnotizada viendo sus hábiles dedos largos mientras se encuentran y presionan
suavemente las teclas, pensando en cómo esos mismos dedos han manejado y
acariciado hábilmente mi cuerpo. Me sonrojo y jadeo ante los recuerdos y presiono
mis muslos. El alza la mirada, sus ojos grises brillantes e insondables, su expresión
indescifrable.
—Lo siento —susurro—. No quise interrumpirte.
Una arruga revolotea en su rostro.
— Sin duda debería decirte eso a ti —murmura. Termina de tocar y pone sus manos
en sus piernas.
Noto que está usando pantalones de pijama. Corre sus dedos a través de su cabello y se
levanta. Sus pantalones cuelgan de sus caderas, de esa manera... oh Dios. Mi boca se
seca mientras casualmente pasea alrededor del piano hacia mí. Tiene los hombros
anchos, caderas estrechas y sus abdominales se tensan a medida que camina. Es
realmente impresionante.
—Deberías estar en la cama —me advierte.
—Esa es una bella pieza. ¿Bach?
—La transcripción es de Bach, pero originalmente es un concierto para oboe de
Alessandro Marcello.
—Fue exquisita, pero muy triste, una gran melodía melancólica.
Sus labios se tuercen en una media sonrisa.
—Cama —ordena—. Estarás exhausta en la mañana.
—Me desperté y no estabas allí.
—Se me hace difícil dormir, no estoy acostumbrado a dormir con nadie —murmura.
No puedo entender su estado de ánimo. Parece un poco desanimado, pero es difícil
decir en la oscuridad. Tal vez fue el tono de la pieza que estaba tocando. Pone su brazo
a mí alrededor y gentilmente me regresa a la habitación.
—¿Por cuánto tiempo has estado tocando? Tocas maravillosamente.
—Desde que tenía seis.
—Oh. —Christian como un niño de seis años… mi mente invoca una imagen de un
lindo niño de pelo cobrizo con ojos verdes y mi corazón se derrite, un niño a quien le
gusta la música triste.
—¿Cómo te sientes? —pregunta cuando estamos de nuevo en el cuarto. Enciende una
luz lateral.
—Estoy bien.
Miramos a la cama al mismo tiempo. Hay sangre en las sábanas, evidencia de mi
virginidad perdida. Me sonrojo, avergonzada, tirando del edredón más fuerte a mí
alrededor.
—Bueno, eso le va a dar a la señora Jones algo en lo que pensar —murmura Christian
mientras se pone delante de mí. Pone su mano debajo de mi barbilla e inclina hacia
atrás mi cabeza, mirándome. Sus ojos son intensos y examina mi rostro. Me doy
cuenta de que no había visto su pecho desnudo antes. Instintivamente, me estiro para
correr mis dedos a través del puñado de vello oscuro en el pecho para ver cómo se
siente. Inmediatamente, él da un paso atrás fuera de mi alcance.
—Métete en la cama —dice bruscamente—. Iré y me acostaré contigo. — Su voz se
suaviza. Dejo caer mi mano y frunzo el ceño. No creo que jamás haya tocado su torso.
Abre una cómoda, saca una camiseta y rápidamente la desliza sobre él.
—Cama —ordena de nuevo. Subo de nuevo en la cama, tratando de no pensar en la
sangre. Se trepa a mi lado y me jala en su abrazo, envolviendo sus brazos alrededor de
mí, de modo que estoy de espaldas a él. Besa mi cabello suavemente e inspira
profundamente.
—Duerme, dulce Anastasia —murmura y cierro mis ojos, pero no puedo evitar sentir
una melancolía residual, de la música o de su conducta. Christian Grey tiene un lado
triste.
miércoles, 24 de abril de 2013
martes, 23 de abril de 2013
50 Sombras de Grey- Capitulo 7
La primera cosa que noto es el olor; cuero, madera y encerado con un cierto
aroma cítrico. Es muy agradable, la iluminación es suave y sutil. De hecho no
puedo ver la fuente de iluminación, pero está alrededor de la esquina de la sala,
emitiendo una brillante luminosidad de tipo ambiental. Las paredes y el techo son de
un profundo y oscuro color vino tinto, dándole a la espaciosa habitación un aspecto
similar al útero femenino. El piso es de madera antigua barnizada. Hay una gran cruz
fijada en la pared frente a la puerta en forma de X. Está hecha de caoba pulida y hay
esposas en cada esquina. Por encima, hay una reja de hierro que cuelga del techo.
Mide por lo menos unos ocho metros cuadrados y de ella cuelgan todo tipo de cuerdas,
cadenas y relucientes grilletes. A cada lado de la puerta se sitúan dos largos mástiles
pulidos y finamente tallados como cabezales de una baranda pero más largos, cuelgan
como cortinas a través de la pared. De ellos, cuelgan un asombroso surtido de paletas,
látigos, fustas e implementos plumosos de aspecto gracioso.
Al lado de la puerta hay un baúl de caoba con cajones de tamaño considerable, cada
cajón es prácticamente minúsculo, como si estuvieran diseñados para contener
ejemplares de un viejo museo bohemio. Me pregunto, brevemente, cuál será realmente
el contenido de los cajones. ¿Quiero saber? En el rincón más alejado hay una banqueta de
cuero acolchada de color granate y justo al lado, está fijado a la pared un estante de
madera pulida que luce como una base para sostener palos de billar, pero en una
inspección más cercana, me doy cuenta que sostiene bastones de diferentes longitudes
y anchos. En la esquina opuesta hay una sólida mesa de seis metros —de madera
pulida y patas intrincadamente talladas— y dos taburetes a juego por debajo.
Pero lo que domina la habitación es la cama. Es más grande incluso que el tamaño
extra-grande, de estilo rococó, elaboradamente tallada con cuatro postes y una cima
plana. Parece de finales del siglo XIX. Bajo el dosel, puedo ver más cadenas y
relucientes manguitos. No hay ropa de cama… sólo un colchón cubierto de cuero y
rojos cojines de satén apilados en un extremo.
A los pies de la cama, a unos cuantos metros, hay un sofá tapizado en granate, justo en
medio de la habitación, de cara a la cama. Una extraña disposición… tener un sofá
frente a la cama y me sonrío a mí misma: elijo decir que el sofá es extraño cuando en
realidad, es la pieza más mundana entre todo el mobiliario de la habitación. Miro
hacia arriba y me quedo mirando el techo. Hay mosquetones recubriéndolo a
intervalos impares. Vagamente, me pregunto para qué son. Extrañamente, toda la
madera, paredes oscuras, débil iluminación y tapicería de cuero granate le dan a la
habitación algo de suavidad y romanticismo… aunque sé que es todo menos eso. Pero
creo que esta es la versión suave y romántica de Christian.
Me volteo. Él está contemplándome atentamente como sabía que estaría haciéndolo,
su expresión es totalmente ilegible. Me adentro aún más en la habitación y él me sigue.
La cosa con plumas me ha intrigado. La toco vacilante. Es gamuza, como un pequeño
gato de nueve colas, pero más espesa. En los extremos tiene cuentas de plástico
pequeñitas.
—Se llama flogger.22 —La voz de Christian es suave y silenciosa.
Un flogger… Hmm. Creo que estoy conmocionada. Mi subconsciente ha emigrado, se
ha quedado mudo o simplemente se desplomo y pereció. Estoy entumecida. Puedo
observar y asimilar, pero no puedo expresar mis sentimientos, porque estoy
conmocionada. ¿Cuál es la respuesta adecuada al encontrar en un amante potencial a
un completo sádico o masoquista? Miedo… Sí… Ese parece ser el sentimiento más
preocupante. Lo reconozco ahora. Pero extrañamente, no temo de él. No creo que él
vaya a lastimarme, bueno, no sin mi consentimiento. Por lo que un montón de
preguntas nublan mi mente. ¿Por qué? ¿Cómo? ¿Cuándo? ¿Con qué frecuencia? ¿Con
quién? Me acerco a la cama y recorro con mis manos uno de los postes de madera
tallada. El mástil es muy sólido, una excepcional artesanía.
—Di algo —ordena Christian, su voz es engañosamente suave.
—¿Le haces esto a la gente o ellos te lo hacen a ti?
Su boca se levanta en una sonrisa torcida, con diversión o quizás alivio.
—¿Gente? —Parpadea un par de veces como si considerara su respuesta—. Le hago
esto a las mujeres que me desean.
No entiendo.
—Si tienes voluntarias más que dispuestas ¿Por qué estoy aquí?
—Porque quiero hacer esto contigo, muchísimo.
—Ah. —Se me corta la respiración. ¿Por qué?
Deambulo hasta la esquina más alejada de la habitación, acaricio el talle superior de la
banqueta acolchada y deslizo mis dedos sobre el cuero. Le gusta hacer daño a las mujeres.
El pensamiento me deprime.
------------------------------------------------------------------------------------------------------------
22 Flogger: Implemento usado frecuentemente en el BDSM—Bondage: B Disciplina y Dominación: D Sumisión y Sadismo: S Masoquismo: M— Está compuesto por un mango y varias correas, puede ser usado como látigo; el castigo, o la caricia. Proviene del verbo Flog que significa azotar.
------------------------------------------------------------------------------------------------------------
—¿Eres un sádico?
—Soy un Dominante. —Sus ojos son de un gris abrasador, intensos.
—¿Qué significa eso? —susurro.
—Significa que quiero que voluntariamente te entregues a mí, en todas las cosas.
Frunzo el ceño mientras intento asimilar la idea.
—¿Por qué lo haría?
—Para complacerme —susurra mientras ladea la cabeza hacia un lado y veo el
fantasma de una sonrisa.
¡Complacerlo! ¡Él quiere que yo lo complazca! Creo que incluso mi boca se abre. Complacer a
Christian Grey. Y me doy cuanta en ese momento, que sí, eso es exactamente lo que
quiero. Quiero que esté condenadamente encantado conmigo. Es una revelación.
—En términos muy simples, deseo que quieras complacerme —dice en voz baja. Su
voz es hipnótica.
—¿Y cómo lo hago? —Tengo la boca seca y deseo beber más vino. De acuerdo,
entiendo la parte de complacer pero, ¿en dónde encaja este agradable cuartito de
torturas isabelino? ¿Quiero saber la respuesta?
—Tengo reglas y quiero que las acates. Están hechas para mi placer y tu beneficio. Si
sigues estas reglas hechas para mi satisfacción, te recompensaré. Si no lo haces, te
castigaré y así aprenderás —susurra y le doy un vistazo al estante de bastones en
cuanto lo dice.
—¿Y en dónde encaja todo esto? —Muevo mi mano abarcando toda la habitación.
—Todo esto es parte del paquete de incentivos. Tanto recompensa como castigo.
—Así que obtendrás gozo por ejercer tu voluntad sobre mí.
—Se trata de ganar tu confianza y respeto, por eso me dejarás ejercer mi voluntad
sobre ti. Obtendré un gran placer, dicha, debido a tu sumisión. Mientras mayor sea tu
sumisión, mayor será mi dicha, es una ecuación muy simple.
—Bueno, ¿y qué obtendré yo de esto?
Él se encoge de hombros, casi en modo de disculpas.
—A mi —dice con sencillez.
Por Dios. Christian desliza una mano entre su cabello cuando me mira.
—No estarás regalando nada, Anastasia, serás retribuida —murmura exasperado—.
Bajemos las escaleras a donde pueda concentrarme mejor. Es una gran distracción
tenerte aquí. —Me extiende su mano, la cual ahora estoy reacia a tomar.
Kate había dicho que era peligroso y estaba tan en lo cierto. ¿Cómo lo sabía? Él es
peligroso para mi salud porque sé que diré que sí. Y parte de mí no quiere. Parte de mí
quiere salir corriendo, dando gritos, de esta habitación y lo que representa. Estoy tan
sobrepasada por la situación, fuera de lugar.
—No voy a hacerte daño, Anastasia—. Sus ojos grises imploran y sé que dice la
verdad. Tomo su mano y entonces, me conduce fuera de la habitación.
—Si haces esto, entonces déjame enseñarte. —En vez de bajar las escaleras, gira a la
derecha de la “Sala de juegos”, como él mismo le llama y bajamos por un corredor.
Pasamos varias puertas hasta que nos detenemos en la última. Más allá de ella hay un
dormitorio con una cama extra grande, todo en blanco… todo: muebles, paredes, ropa
de cama. Es estéril y fría, pero con la vista más gloriosa de Seattle a través de la pared
de vidrio.
—Esta será tu habitación. Puedes decorarla como quieras, tener lo que quieras aquí.
—¿Mi habitación? ¿Esperas que me mude? —No puedo ocultar el horror en mi voz.
—No a tiempo completo. Sólo por ejemplo, desde el viernes por la noche hasta el
domingo. Tenemos que hablar todo eso, negociar. Si quieres hacer esto —añade, su
voz es calmada y titubeante.
—¿Dormiré aquí?
—Sí.
—No contigo.
—No. Ya te lo dije, no duermo con nadie, excepto tú, cuando estás aturdida el trago.
—En sus ojos hay reprimenda.
Juntos mis labios en una dura línea. Esto es lo que no puedo conciliar. El amable y
bondadoso Christian, que me rescata de la embriaguez y me sostiene gentilmente
mientras vomito en las azaleas con el monstruo que posee cadenas y látigos en una
habitación especial.
—¿Dónde duermes tú?
—Mi habitación está abajo. Ven, debes tener hambre.
—Extrañamente, parece que he perdido el apetito —murmuro con petulancia.
—Tienes que comer, Anastasia —me reprende y tomando mi mano, me conduce hacia
abajo.
De vuelta a la imposiblemente gran sala, me lleno de profunda inquietud. Estoy en el
borde de un precipicio y tengo que decidir si salto o no.
—Estoy plenamente consciente de que es un sendero oscuro por el que te estoy
conduciendo, Anastasia, por lo que realmente quiero que pienses en esto. Debes tener
algunas preguntas —dice mientras se pasea por la zona de la cocina, liberando mi
mano.
Las tengo. Pero, ¿por dónde empezar?
—Has firmado un CDC. Puedes preguntarme lo que quieras y contestaré.
Me quedo de pie delante de la barra del desayuno, observándolo mientras abre el
refrigerador y saca un plato con diferentes quesos y dos grandes racimos de uvas rojas
y verdes. Lo pone en la encimera y procede a rebanar una barra de pan francés.
—Siéntate. —Señala uno de los taburetes de la barra de desayuno y obedezco sus
órdenes. Si voy a hacer esto, voy a tener acostumbrarme a ello. Me doy cuenta que de
que él ha sido así de mandón desde que lo conocí.
—Mencionaste un documento.
—Sí.
—¿Qué documento es ese?
—Bueno, aparte del CDC hay un documento que dice lo que haremos y lo que no.
Tengo que conocer tus límites y tú tienes que conocer los míos. Esto es consensual,
Anastasia.
—¿Y si no quiero hacer esto?
—No habría problema —dice con cuidado.
—Pero ¿no tendríamos ningún tipo de relación? —pregunto.
—No.
—¿Por qué?
—Este es el único tipo de relación en la que estoy interesado.
—¿Por qué?
Se encoge de hombros.
—Es mi manera de ser.
—¿Cómo te volviste de esta manera?
—¿Por qué cualquiera es de la forma que es? Eso es algo difícil de responder ¿Por qué
algunas personas adoran el queso y otras lo odian? ¿Te gusta el queso? La señora
Jones, mi ama de llaves, ha dejado esto para cenar. —Toma algunos platos grandes de
color blanco de un armario y pone uno frente a mí.
Estamos hablando de queso… Mierda santa.
—¿Cuáles son las reglas que tengo que seguir?
—Las tengo bajo escrito. Las revisaremos una vez hayamos comido.
Comida. ¿Cómo puedo comer ahora?
—No estoy realmente hambrienta —susurro.
—Comerás —dice simplemente. Christian el Dominante, todo se vuelve claro ahora—. ¿Te
gustaría otra copa de vino?
—Sí, por favor.
Vierte vino en mi copa y viene a sentarse a mi lado. Tomo un sorbo apresurado.
—Sírvete, Anastasia.
Tomo un racimo pequeño de uvas. Esto lo puedo manejar. Entorna los ojos.
—¿Llevas largo rato siendo así? —pregunto.
—Sí.
—¿Es fácil encontrar mujeres que quieran hacer esto?
Enarca una ceja.
—Te sorprenderías —dice con sequedad.
—Entonces, ¿por qué yo? Realmente no lo entiendo.
—Anastasia, ya te lo he dicho. Hay algo en ti. Simplemente no puedo alejarme. —
Sonríe irónicamente—. Soy como la polilla a la llama. —Su voz se oscurece—. Te quiero de una forma tan terrible, especialmente ahora, cuando estás mordiendo tu labio de nuevo. —Toma una profunda respiración y traga.
Mi estómago se sobresalta, él me desea… de una extraña manera, cierto, pero este
hermoso, extraño y pervertido hombre me desea.
—Pienso que tienes ese cliché al revés —me quejo. Yo soy la polilla y él la llama y me
voy a quemar. Lo sé.
—¡Come!
—No, no he firmado nada todavía, así que pienso que tiraré de mi libertad un poco
más, si eso está bien para ti.
Sus ojos se suavizan y sus labios cambian a una sonrisa.
—Como desee, señorita Steele.
—¿Cuántas mujeres? —Suelto la pregunta. Pero soy muy curiosa.
—Quince.
Oh… no tantas como había pensado.
—¿Por largos periodos de tiempo?
—Algunas de ellas, si.
—¿Alguna vez heriste a alguna?
—Sí.
Santa mierda
—¿Gravemente?
—No.
—¿Vas a herirme?
—¿Qué quieres decir?
—Físicamente, ¿vas a herirme?
—Te castigaré cuando lo requieras y será doloroso.
Creo que me siento un poco débil. Tomo otro sorbo de vino. Alcohol, esto me hará
más valiente.
—¿Alguna vez has sido golpeado? —pregunto.
—Sí.
Oh… eso me sorprende. Antes de que pueda preguntarle más sobre esta revelación,
interrumpe mi tren de pensamientos.
—Discutámoslo en mi estudio. Quiero mostrarte algo.
Esto es muy duro de procesar. Allí estaba yo, tontamente pensando que me gustaría
pasar una noche de pasión en la cama de este hombre y en realidad, estábamos
negociando este extraño acuerdo.
Lo sigo dentro de su estudio, una espaciosa habitación con otra ventana del piso al
techo que se abre hacia afuera en un balcón. Se sienta al escritorio, indicándome con
un movimiento que me siente en un sillón de cuero frente a él y me entrega una hoja
de papel.
—Estas son las reglas. Pueden estar sujetas a cambios. Forman parte del contrato, que
también puedes tener. Lee las reglas y las discutiremos.
REGLAS
Obediencia:
La Sumisa obedecerá todas las instrucciones dadas por el Dominante de inmediato, sin
vacilación ni reservas y de manera expedita. La Sumisa estará de acuerdo con
cualquier actividad sexual considerada adecuada y agradable por el Dominante, con
excepción de aquellas actividades que se detallan en los límites de dureza (Anexo 2).
Lo hará con entusiasmo y sin titubeos.
Dormir:
La Sumisa se asegurará de alcanzar un mínimo de siete horas de sueño por noche
cuando no esté con el Dominante.
Comida:
La Sumisa comerá regularmente para mantener su salud y bienestar de una lista de
alimentos (Anexo 4). La Sumisa no ingerirá alimentos entre comidas, con excepción
de fruta.
Vestimenta
Durante el plazo, la Sumisa vestirá solo lo aprobado por el Dominante. El Dominante
proporcionará un presupuesto de ropa a la Sumisa, el cual la Sumisa debe utilizar. El
Dominante deberá acompañar a la Sumisa a comprar sobre una base ad hoc23. Si el
Dominante así lo exige, la Sumisa deberá usar, durante el plazo, cualquier adorno que
el Dominante requiera, en presencia del Dominante y en cualquier otro momento que
el Dominante considere conveniente.
Ejercicio:
El Dominante proveerá a la Sumisa un entrenador personal cuatro veces por semana
en sesiones de una hora de duración, en horarios de mutuo acuerdo entre el entrenador
personal y la Sumisa. El entrenador personal reportará al Dominante sobre el progreso
de la Sumisa.
Higiene personal / belleza:
La Sumisa se mantendrá limpia y afeitada y/o depilada en todo momento. La Sumisa
visitará el salón de belleza de la elección del Dominante las veces que decida el
Dominante y se someterá a tratamientos que el Dominante crea convenientes.
Cuidado personal:
La Sumisa no beberá en exceso, no fumará, no tomará drogas recreativas o se
expondrá a cualquier peligro innecesario.
Cualidades personales:
La Sumisa no tendrá relaciones sexuales con alguien que no sea el Dominante. La
Sumisa se conducirá de una manera respetuosa y modesta en todo momento. Debe
reconocer que su comportamiento es un reflejo directo del Dominante. Ella se hará
responsable por cualquier delito, error o mala conducta cometida cuando no esté en
presencia del Dominante.
El incumplimiento de cualquiera de los anteriores, resultará en un castigo inmediato,
cuya naturaleza será determinada por el Dominante.
Santa mierda.
—¿Límites de dureza? —pregunto.
—Si. Lo que no vas a hacer, lo que no voy a hacer, tenemos que especificarlo en
nuestro contrato.
---------------------------------------------------------------------------------------------------------
23 Ad Hoc: Se refiere al término utilizado por los jueces que literalmente significa “específicamente para este fin”. Es decir que la va a acompañar a comprar ropa solo para el fin del contrato.
---------------------------------------------------------------------------------------------------------
—No estoy segura sobre aceptar dinero para ropa. Se siente incorrecto. —Me muevo
incómodamente, la palabra con “Jo”24 rápidamente rondando en mi cabeza.
—Quiero despilfarrar dinero sobre ti, déjame comprarte unas cuantas prendas. Quizás
necesite que me acompañes a algunas funciones y quiero que vistas bien. Estoy seguro
de que tu salario, cuando consigas un trabajo, no va a cubrir el tipo de ropa que me
gustaría que uses.
—¿No tendré que usarlos cuando no esté contigo?
—No.
—De acuerdo. —Piensa en ello como un uniforme.
—No quiero ejercicios cuatro veces a la semana.
—Anastasia, te necesito flexible, fuerte y con resistencia. Créeme. Necesitas ejercicio.
—Pero seguramente no cuatro veces a la semana, ¿qué tal tres?
—Quiero que hagas cuatro.
—¿Pensaba que esto era una negociación?
Frunce los labios en mi dirección.
—De acuerdo, señorita Steele, otro punto bien hecho. ¿Qué te parece una hora por tres
días y un día de media hora?
—Tres días, tres horas. Tengo la impresión de que vas a mantenerme ejercitada
cuando este aquí.
Sonríe con malicia y sus ojos brillan como aliviados.
—Sí, lo haré —estuvo de acuerdo—. ¿Segura de que no quieres practicar en mi
compañía? Eres buena negociando.
—No, no pienso que sea buena idea. —Miro abajo, hacia sus reglas. ¡Depilación!
¿Depilar qué? ¿Todo? Uf.
—Entonces, límites. Estos son los míos. —Me da otra hoja de papel.
---------------------------------------------------------------------------------------------------------
24 Jo: En el original es la palabra con “Ho” refiriéndose a Holy shit o Holy fuck, pero “la palabra con Sa” no tiene mucho sentido, así que con “la palabra con Jo” se refiere a la segunda imprecación que lanza mentalmente.
----------------------------------------------------------------------------------------------------------
Límites de dureza:
* No actos que involucren encender fuego.
* No actos que involucren micción, defecación y derivados.
* No actos que involucren agujas, cuchillos, piercings o sangre.
* No actos que involucren instrumentos médicos ginecológicos.
* No actos que involucren niños o animales.
* No actos que puedan dejar marcas permanentes en la piel.
* No actos que involucren control de la respiración.
Ugh. ¡Tenía que escribir esto hasta abajo! Por supuesto, todo ello luce muy sensible y,
francamente, necesario… a cualquier persona sana no le gustaría estar involucrada en
este tipo de cosas ¿no? Aunque ahora, me siento un poco mareada.
—¿Hay algo que te gustaría agregar? —pregunta amablemente.
Mierda. No tengo idea. Estoy completamente perpleja. Me mira y frunce el ceño.
—¿Hay algo que no quieras hacer?
—No lo sé.
—¿Qué quieres decir con que no lo sabes?
Me remuevo incómoda y muerdo mi labio.
—Nunca he hecho algo como esto.
—Bueno, cuando has tenido sexo, ¿hubo algo que no te gustara hacer?
Por primera vez en lo que parecían ser años, me sonrojo.
—Puedes decirme, Anastasia. Debemos ser honestos con el otro o esto no va a
funcionar.
Me remuevo incómoda nuevamente y miro mis dedos entrelazados.
—Dime —ordena.
—Bueno… nunca antes he tenido sexo, así que no sé. —Mi voz se reduce. Lo miro y él
está mirándome, con la boca abierta, congelado y pálido, muy pálido.
—¿Nunca? —Susurra. Niego con la cabeza.
—¿Eres virgen? —Respira. Asiento con la cabeza, enrojeciendo de nuevo. Cierra los
ojos y parece como si contara hasta diez. Cuando los abre nuevamente, está enojado,
mirándome.
—¿Por qué mierda no me lo dijiste? —gruñe.
50 Sombras de Grey- Capitulo 6
Christian abre la puerta del pasajero del SUV negro marca Audi y subo en él. Es
una fiera de auto. No ha mencionado el estallido de pasión que explotó en el
elevador. ¿Debería hacerlo yo? ¿Deberíamos hablar de ello o pretender que
nunca pasó? Difícilmente parecía real, mi primer beso sin barreras. Mientras el tiempo
pasa, le doy un sentido mítico, como la leyenda de Arturo o la de la ciudad perdida de
Atlántida. Nunca pasó, nunca existió. Tal vez imaginé todo esto. No. Toco mis labios,
hinchados por su beso. Esto definitivamente pasó. Soy una mujer cambiada. Deseo a
este hombre, desesperadamente y él me desea.
Le doy un vistazo. Christian es educado, como es habitual, ligeramente distante.
Tan confuso.
Enciende el motor y sale de su espacio del estacionamiento. Enciende el reproductor
Mp3. El interior del auto se llena con la más dulce, mágica música de dos mujeres
cantando. Oh, wow… todos mis sentidos están confusos, por lo que me afecta el doble.
Envía deliciosos escalofríos por mi espina dorsal. Christian sale por el sudoeste de Park
Avenue y maneja con confianza.
—¿Qué estamos escuchando?
—Es El Dueto de Flores por Delibes, de la ópera de Lakmé14 . ¿Te gusta?
—Christian, es maravilloso.
—Lo es, ¿no? —Sonríe, mirándome. Y por un fugaz momento, aparenta su edad,
joven, desenfadado y hermoso como-para-detener-el-corazón. ¿Esta era la clave para
él? ¿Música? Me siento y escucho las voces angelicales burlándose y seduciéndome.
—¿Puedo oírla otra vez?
—Por supuesto. —Christian presiona un botón y la música me acaricia una vez más.
Es suave, lenta, dulce y un verdadero asalto a mis sentidos auditivos.
—¿Te gusta la música clásica? —pregunto, con la esperanza de tener un raro vistazo
dentro de sus preferencias personales.
----------------------------------------------------------------------------------------------------------
14 Lakmé, es una ópera en tres actos con música de Léo Delibes y libreto en francés de Edmond Gondinet y Philippe Gille, basado en la novela Rarahu ou Le Mariage (Rarahu o El matrimonio), de Pierre Loti (1880).
----------------------------------------------------------------------------------------------------------
—Mi gusto es ecléctico, Anastasia, todo desde Thomas Tallis15 a los Kings of Leon16.
—Yo también. Aunque, no sé quién es Thomas Tallis.
Se volvió y me miró brevemente antes de que sus ojos regresaran a la carretera.
—Lo pondré alguna vez para ti. Era un compositor británico del siglo dieciséis. Tudor,
iglesia, música de coro. —Christian me sonríe—. Suena muy esotérico, lo sé, pero
también es mágico, anastasia.
Presiona un botón y los Kings of Leon empiezan a cantar. Hmm… esta la conozco.
Sex on Fire. Qué apropiado. La música es interrumpida por el sonido del timbre de un
celular a través de los parlantes del Mp3. Christian golpea un botón sobre el volante.
—Grey —dice. Es tan brusco.
—Señor Grey. Es Welch. Tengo la información que pidió. —Una voz ronca,
incorpórea, sale a través de los altavoces.
—Bien, mándame un e-mail. ¿Algo que agregar?
—No, señor.
Presiona el botón, entonces, cuando la llamada se corta, la música regresa. Ningún
adiós o gracias. Me alegro de que nunca considerara seriamente la idea de trabajar
para él. Me estremezco ante la idea. Es demasiado controlador y frío con sus
empleados. La música se corta nuevamente por el teléfono.
—Grey.
—El CDC le ha sido enviado por e-mail, Sr. Grey. —La voz de una mujer.
—Bien, eso es todo, Andrea.
—Buen día, señor.
Christian cuelga presionando un botón sobre el volante. La música suena muy
brevemente, antes de que el teléfono suene otra vez. Santo infierno, ¿esta es su vida,
constantes llamadas molestas?
—Grey —espeta.
---------------------------------------------------------------------------------------------------------
15 Thomas Tallis: Compositor de inglés de música sacra o religiosa, uno de los más importantes del Siglo XVI.
16 Kings of Lion: Grupo de música estadounidense de Rock, formado por tres hermanos, Caleb, Nathan, Jared Followill y su primo Matthew Followill. En sus inicios era una mezcla de rock sureño con influencias de rock de garaje pero actualmente tocan una diversidad de géneros.
----------------------------------------------------------------------------------------------------------
—Hola Christian ¿has tenido sexo?
—Hola Elliot, tengo el teléfono en el parlante y no estoy solo en el auto. —Christian
suspira.
—¿Quién está contigo?
Christian pone los ojos en blanco.
—Anastasia Steele.
—¡Hola Ana!
¡Ana!
—Hola Eliot.
—He oído mucho acerca de ti —murmura Elliot roncamente. Christian frunce el ceño.
—No creas una palabra de lo que Kate te diga.
Eliot ríe.
—Estoy dejando a Anastasia ahora. —Christian enfatiza mi nombre—. ¿Quieres que te
recoja?
—Seguro.
—Te veo dentro de poco. —Christian cuelga y la música regresa.
—¿Por qué insistes en llamarme Anastasia?
—Porque es tu nombre.
—Prefiero Ana.
—¿Lo haces ahora? —murmura.
Estamos casi en mi apartamento. No tomó mucho tiempo.
—Anastasia —reflexiona. Le frunzo el ceño, pero ignora mi expresión—. Lo que pasó
en el ascensor, no volverá a pasar, bueno, no a menos que sea premeditado.
Se detiene en la puerta de mi dúplex17. Tarde me doy cuenta de que no ha
preguntando en dónde vivo, aunque lo sabía. Pero claro, envió los libros, por supuesto
---------------------------------------------------------------------------------------------------------
17 Dúplex: Un apartamento dúplex se refiere a una sola vivienda dividida en dos pisos conectados por una escalera interior. Estas propiedades pueden realmente ser caras, son de hecho las propiedades más caras de Manhattan desde el 2006 (según la revista Forbes).
---------------------------------------------------------------------------------------------------------
que sabe dónde vivo. Cómo podría con un rastreador de teléfonos celulares y un
helicóptero propio, no ser un acosador.
¿Por qué no me besará otra vez? Hago pucheros ante el pensamiento. No lo entiendo.
Honestamente, su apellido debería ser Críptico y no Grey. Sale del auto, caminando
fácilmente con la gracia de sus piernas largas, rodeándolo hasta mi lado para abrir la
puerta, siempre el caballero, excepto en el raro y precioso momento en los ascensores.
Me sonrojo ante el recuerdo de su boca en la mía y el pensamiento de que no he
podido tocarlo invade mi mente. Quería correr mis dedos por su decadente y
desordenado cabello, pero no había podido mover mis manos. Estaba
retrospectivamente frustrada.
—Me gustó lo que pasó en el elevador —murmuro mientras salgo del auto. No estoy
segura de haber oído un jadeo audible, pero decidí ignorarlo y subí los escalones de la
puerta delantera.
Kate y Elliot estaban sentados en nuestra mesa del comedor. Los libros de catorce mil
dólares habían desaparecido. Gracias al cielo. Tengo planes para ellos. Tiene una
sonrisa ridícula, muy poco Kate en su rostro y luce desarreglada en una manera
atractiva. Christian me sigue dentro del área de estar y a pesar de su sonrisa de Heestado-teniendo-un-buen-tiempo-toda-la-noche, Kate lo mira sospechosamente.
—Hola, Ana. —Salta a abrazarme y entonces me sostiene con el brazo extendido para
poder examinarme. Frunce el ceño y se vuelve hacia Christian—. Buenos días,
Christian —dice y su tono es un poco hostil.
—Señorita Kavanagh —dice él, en su forma rígida.
—Christian, su nombre es Kate —se queja Elliot.
—Kate. —Christian le da una inclinación educada y mira a Elliot, quien sonríe y se
levanta para abrazarme también.
—Hola Ana. —Sonríe, sus ojos azules brillan y me gusta inmediatamente. Es obvio
que no se parece en nada a Christian, pero bien, son hermanos adoptivos.
—Hola Elliot. —Le sonrío y me doy cuenta de que me estoy mordiendo el labio.
—Elliot, mejor nos vamos —dice Christian gentilmente.
—Seguro. —Se vuelve hacia Kate, tomándola en sus brazos y dándole un largo y
prolongado beso.
—Hasta más tarde, nena —murmura y tengo que sonreír porque es tan impropio de él.
Pero a pesar de que está siendo irreverente, el término cariñoso remueve algo dentro de
mí.
—Te veré a las ocho. —Se da la vuelta para salir, abriendo la puerta delantera y
saliendo al porche. Elliot lo sigue hasta el auto, pero se gira, lanza a Kate otro beso y
siento una no bienvenida punzada de celos.
—Entonces, ¿lo hiciste? —pregunta Kate mientras los ve subir al auto y marcharse, la
evidente curiosidad quema en su voz.
—No —le lanzo con irritación, con la esperanza de que eso ponga un alto a las
preguntas. Nos dirigimos de regreso al departamento—. Aunque tú obviamente sí lo
hiciste. —No puedo contener mi envidia. Kate siempre se las arregla para atrapar
hombres. Es irresistible, hermosa, sexy, divertida, en fin… todas las cosas que yo no.
Pero el responder a su sonrisa es contagioso.
—Y lo veré nuevamente esta tarde. —Aplaude y salta de arriba hacia abajo como una
niña pequeña. No puede contener su emoción, su felicidad y no puedo evitar sentirme
feliz por ella. Una Kate feliz… esto va a ponerse interesante.
—Christian me va a llevar a Seattle esta tarde.
—¿Seattle?
—Sí.
—¿Quizás lo harás entonces?
—Oh, espero.
—Entonces, ¿te gusta?
—Sí.
—¿Lo suficiente para…?
—Sí.
Ella levanta sus cejas.
—Wow. Ana Steele finalmente se enamora de un hombre y es Christian Grey: ardiente y sexy billonario.
—Sí claro, es por el dinero. —Hago una mueca y las dos comenzamos a reírnos.
—¿Es una blusa nueva? —pregunta y le dejo saber todos los poco interesantes detalles
de mi noche.
—¿Ya te beso? —me pregunta mientras prepara café.
Me sonrojo.
—Una vez.
—¡Una vez! —se burla.
Asiento con la cabeza, sin vergüenza.
—Es muy reservado.
Ella frunce el ceño.
—Eso es raro.
—No creo que raro lo cubra realmente —murmuro.
—Tenemos que asegurarnos que estés simplemente irresistible para esta tarde —dice
con determinación.
Oh no… eso suena a que voy a pasar tiempo consumidor, humillante y doloroso.
—Tengo que trabajar en una hora.
—Puedo trabajar con ese horario. Vamos. —Kate agarra mi mano y me lleva a su
cuarto.
El día se prolonga en Clayton a pesar de que estamos ocupados. Llegamos a la
temporada de verano, así que tengo que pasar dos horas acomodando las repisas una
vez que la tienda se cierra. Es trabajo simple y me da mucho tiempo para pensar. Y no
he tenido tiempo para eso en todo el día.
Bajo la incansable y francamente intrusiva instrucción, mis piernas y axilas están
rasuradas a la perfección, cejas delineadas y estoy totalmente impecable. Ha sido la
experiencia más desagradable. Pero ella me asegura que esto es lo que los hombres
esperan estos días. ¿Qué más podrían esperar? Tengo que convencer a Kate que esto es
lo que yo quiero hacer. Por alguna extraña razón, ella no confía en él, quizá porque es
tan rígido y formal. Dice que no puede evitarlo, pero le prometí que le mandaría un
mensaje de texto cuando llegara a Seattle. No le he dicho del helicóptero,
enloquecería.
También tengo el asunto de José. Me dejó tres mensajes y siete llamadas perdidas en
mi teléfono. También llamó a la casa dos veces. Kate ha sido muy vaga con respecto a
dónde estoy. Él sabrá que me está cubriendo. Kate nunca es vaga. Pero he decidido
hacerlo esperar. Aún estoy muy enojada con él.
Christian mencionó algún tipo de trabajo escrito y no sé si solo estaba jugando o voy a
tener que firmar algo. Es tan frustrante tratar de adivinar. Y encima de toda mi
angustia, apenas si puedo controlar mi emoción o mis nervios. ¡Hoy es la noche!
Después de todo este tiempo, ¿estoy lista para esto? Mi diosa interior me mira,
golpeando impacientemente su pequeño pie. Ha estado lista para esto por años y está
lista para cualquier cosa con Christian Grey, pero aun no entiendo que ve en mí… la
tímida Ana Steele, no tiene sentido.
Es puntual, por supuesto y me está esperando cuando salgo de Clayton. Se baja de la
parte trasera del auto para abrirme la puerta y me sonríe amablemente.
—Buenas tardes, Srita. Steele —dice.
—Sr. Grey. —Le asiento educadamente mientras me siento en el asiento trasero del
auto. Taylor está sentado en el asiento del conductor.
—Hola, Taylor —digo.
—Buenas tardes, Srita Steele. —Su voz educada y profesional. Christian se sube del
otro lado y toma mi mano, dándole un pequeño apretón que siento por todo mi
cuerpo.
—¿Cómo estuvo el trabajo? —me pregunta.
—Muy largo —contesto y mi voz es ronca, muy baja y llena de necesidad.
—Sí, también ha sido un día muy largo para mí. —Su tono es serio.
—¿Qué hiciste? —pregunto.
—Fui a escalar con Elliot. —Su dedo acaricia mis nudillos, hacia atrás y hacia
adelante, mi corazón se salta un latido mientras mi respiración se acelera. ¿Cómo logra
hacerme esto? Sólo está tocando una pequeña parte de mi cuerpo y mis hormonas
están volando.
El camino hacia el helipuerto es corto y antes de que me de cuenta, ya hemos llegado.
Me pregunto dónde estará el legendario helicóptero. Estamos en una zona de la ciudad
con muchos edificios y hasta yo se que los helicópteros necesitan espacio para despegar
y aterrizar. Taylor se estaciona, se baja del automóvil y me abre la puerta. Christian se
coloca a mi lado en un instante y toma mi mano otra vez.
—¿Lista? —pregunta. Asiento con la cabeza y le quiero decir que estoy lista para lo
que sea, pero no puedo articular palabras por lo nerviosa y emocionada que estoy.
—Taylor. —Él asiente hacia su chofer y nos dirigimos hacia el edificio, directo a un
grupo de ascensores. ¡Ascensores! El recuerdo de nuestro beso esta mañana regresa a
perseguirme. No he pensado en ninguna otra cosa en todo el día. Soñando despierta en
la registradora de Clayton. El señor Clayton tuvo que gritarme dos veces para
devolverme a la tierra. Decir que había estado distraída hubiera sido la ironía del año.
Christian voltea a verme, una pequeña sonrisa esta en sus labios. ¡Ja! Él también está
pensando en eso.
—Sólo son tres pisos —dice secamente, pero sus ojos grises bailan con diversión.
Seguro es telépata. Es escalofriante.
Trato de mantener mi cara impasible mientras entramos al ascensor. Las puertas se
cierran y ahí está, la rara atracción eléctrica brincando entre nosotros, esclavizándome.
Cierro mis ojos en un vano intento de ignorarla. Él aprieta mi mano y cinco segundos
después, las puertas se abren en el techo del edificio. Y ahí está, un helicóptero blanco
con el nombre Grey Enterprises Holdings Inc. escrito de color azul con el logo de la
compañía en un lado. Seguro este es mal uso de la propiedad de la Compañía.
Me dirige hacia una pequeña oficina donde un viejo vigilante está sentado detrás de un
escritorio.
—Aquí está su plan de vuelo, Sr. Grey. Todos los chequeos externos están hechos.
Está listo y esperándolo, señor. Es libre de irse.
—Gracias, Joe. —Christian le sonríe cálidamente.
Oh. Alguien es merecedor del educado comportamiento de Christian, quizás el no es
un empleado. Veo al viejo señor con admiración.
—Vámonos —dice Christian y nos dirigimos hacia el helicóptero. Cuando estamos
más cerca, me doy cuenta que es más grande de lo que pensaba. Esperaba que fuera
una versión compacta para dos, pero este tiene al menos siete asientos. Christian abre
la puerta y me dirige hacia uno de los asientos del frente.
—Siéntate, no toques nada —me ordena mientras se sube detrás de mí.
Cierra la puerta. Me alegra que el área este iluminada, de otra forma, me hubiera
costado trabajo ver dentro de la pequeña cabina. Me siento en mi asiento y él se hinca
a un lado de mí para ponerme los arneses. Es un arnés de cuatro puntas con todas las
correas conectadas a un seguro central. Ajusta las dos correas superiores, así que
apenas me puedo mover. Está tan cerca y concentrado en lo que está haciendo. Si me inclinara hacia adelante, mi nariz estaría en su cabello. Huele limpio, fresco, celestial,
pero estoy asegurada en mi asiento y totalmente inmóvil. Él voltea a verme y sonríe,
como si estuviera disfrutando un chiste privado, sus ojos grises cálidos. Está tan
tentadoramente cerca. Detengo mi respiración mientras él estira una de las correas
superiores.
—Asegurada, no hay escape —murmura, sus ojos son abrasadores—. Respira,
Anastasia —añade suavemente. Levanta su mano y acaricia mi mejilla, pasando sus
dedos largos hacia mi barbilla, la cual toma entre su pulgar y dedo índice. Se inclina y
planta un corto y puro beso en mis labios, dejándome anonadada, mi interior
conmocionado por la emoción del inesperado toque de sus labios.
—Me gusta este arnés —murmuro.
¿Qué?
Se sienta a mi lado y se abrocha el cinturón y entonces, comienza un prolongado
procedimiento de chequear indicadores, mover interruptores y botones de la alucinante
matriz de diales, luces e interruptores frente a mí. Pequeñas luces parpadean y brillan
en diversos diales y el panel completo se enciende.
—Ponte tus auriculares —dice, apuntando al juego de auriculares frente a mí. Me los
pongo y las hélices se encienden. Son ensordecedoras. Él se pone sus auriculares y
continúa moviendo varios interruptores.
—Sólo estoy haciendo la rutina de chequeos antes de volar. —La voz de Christian está
en mis oídos a través de los auriculares. Volteo y le sonrío.
—¿Sabes qué estás haciendo? —pregunto. Voltea y me sonríe.
—He sido un piloto calificado por cuatro años, Anastasia, estás a salvo conmigo. —Y
me da una sonrisa lobuna—. Bueno, mientras estemos volando. —Añade y guiña.
Guiñando… ¡Christian!
—¿Estás lista?
Asiento con los ojos muy abiertos.
—Okay, torre. PDX18, este es Charlie Tango Golf, Golf Echo Hotel, libre para
despegar. Por favor confirmar, cambio.
---------------------------------------------------------------------------------------------------------
18 PDX: Código designado por la IATA (Asociación Internacional del Transporte Aéreo) para el Aeropuerto Internacional de Portland.
---------------------------------------------------------------------------------------------------------
—Charlie Tango, estás libre. PDX llamar, preceder a uno cuatro mil, dirigiéndose cero
uno cero, cambio.
—Torre Roger, Charlie Tango listo, cambio y fuera. Aquí vamos —añade para mí y el
helicóptero se eleva lenta y suavemente en el aire.
Portland desaparece frente a nosotros cuando nos aproximamos al espacio aéreo
estadounidense, aunque mi estómago continúa firmemente en Oregon. ¡Wow! Todas
las luces se encogen hasta que parpadean dulcemente bajo nosotros. Es como mirar
hacia afuera desde una pecera. Una vez que estamos más alto, realmente no hay nada
para ver. Es negro como la boca de un lobo, ni siquiera la luna derrama alguna luz
sobre nuestro viaje. ¿Cómo puede ver hacia dónde vamos?
—Sobrecogedor ¿no? —La voz de Christian está en mi oído.
—¿Cómo sabes que vas en el camino correcto?
—Aquí. —Señala con su dedo índice uno de sus indicadores y me muestra una brújula
electrónica—. Esto es un Eurocopter EC13519. Uno de los más seguros de su clase. Está
equipado para el vuelo nocturno. —Me da un vistazo y sonríe.
—Hay una pista de aterrizaje en la cima del edificio donde vivo. Hacia allá nos
dirigimos.
Desde luego que hay una pista de aterrizaje donde él vive. Estoy tan fuera de mi liga
aquí. Su rostro está suavemente iluminado por las luces del panel de instrumentos.
Está muy concentrado mientras continuamente mira varios diales al frente. Me
empapo en sus rasgos, mirándolo de reojo. Tiene un perfil hermoso. La nariz recta, la
mandíbula cuadrada; me gustaría recorrer con mi lengua toda su mandíbula. No se ha
afeitado y su barba hace el panorama doblemente tentador. Mmm... Me gustaría sentir
que tan áspera es bajo mi lengua, mis dedos, contra mi rostro.
—Cuando vuelas en la noche, vuelas sin visibilidad. Tienes que confiar en tus
instrumentos. —Interrumpe mi sueño erótico.
—¿Cuánto durará el vuelo? —consigo decir, jadeando. No estaba pensando en sexo en
absoluto, no, de ninguna manera.
—Menos de una hora, el viento está a nuestro favor.
Mmm, menos de una hora para Seattle... eso no está mal, no importa que estemos
volando.
-------------------------------------------------------------------------------------------------------
19 Eurocopter EC135: Helicóptero civil bimotor fabricado por el Grupo Eurocopter.
-------------------------------------------------------------------------------------------------------
Tengo menos de una hora antes de la gran revelación. Todos los músculos en mi
vientre se aprietan, fuerte. Tengo un serio caso de mariposas. Se multiplican en mi
estómago. Oh, mierda, ¿qué tiene reservado para mí?
—¿Estás bien, Anastasia?
—Sí. —Mi respuesta es corta y sale con dificultad por mis nervios.
Creo que sonríe, pero es difícil decirlo en la oscuridad. Christian mueve otro
interruptor.
—PDX, esto es Charlie Tango ahora a los mil cuatrocientos, cambio. —Él intercambia
información con el control de tráfico aéreo. Todo suena muy profesional para mí. Creo
que nos movemos del espacio aéreo de Portland al Aeropuerto Internacional de
Seattle.
—Sea-Tac20 entendido, cambio y fuera.
—Mira hacia allá. —Señala a una pequeña luz a lo lejos—. Eso es Seattle.
—¿Siempre impresionas a las mujeres de ésta manera? “Ven y vuela en mi helicóptero”
—le pregunto, genuinamente interesada.
—Nunca traje a una mujer aquí, Anastasia. Es otra primera vez para mí también. —Su
voz es tranquila, seria.
Oh, esa es una respuesta inesperada. ¿Otra primera vez? ¿Oh, lo de dormir con alguien,
tal vez?
—¿Estás impresionada?
—Estoy intimidada, Christian.
Él sonríe.
—¿Intimidada? —Y por un breve momento, él tiene su edad de nuevo.
Asentí.
—Eres tan... competente.
—¡Vaya! Gracias señorita Steele —dice cortésmente. Creo que está contento, pero no
estoy segura.
---------------------------------------------------------------------------------------------------------
20 Sea-Tac, Aeropuerto Internacional de Seattle-Tacoma.
---------------------------------------------------------------------------------------------------------
Volamos en silencio por la oscuridad de la noche por un tiempo. La mota brillante que
es Seattle, poco a poco se hace más grande.
—Torre de Sea-Tac a Charlie Tango. Plan de vuelo hacia Escala. Por favor, continúe y
esté alerta. Fuera.
—Esto es Charlie Tango, entendido Sea-Tac. Estoy alerta, cambio y fuera.
—Realmente disfrutas esto —murmuro.
—¿Qué? —Me mira. Parece burlón a la penumbra de los instrumentos.
—Volar —contesté.
—Requiere control y concentración... ¿Cómo podría no amarlo? Aunque prefiero
volar.
—¿Volar?
—Sí. Volar sin motor. Planeadores y helicópteros. Piloteo ambos.
—Ah. —Aficiones caras. Lo recuerdo diciéndome eso durante la entrevista. A mí me
gusta leer y en ocasiones ir a ver películas. Soy más común.
—Charlie Tango adelante, por favor, cambio. —La voz incorpórea de control aéreo
interrumpe mi sueño. Christian responde, sonando controlado y seguro.
Seattle se está acercando. Ahora estamos realmente afuera. ¡Oh! Luce absolutamente
impresionante. Seattle de noche, desde el cielo...
—Luce bien, ¿no? —murmura Christian.
Asiento entusiasmada. Parece de otro mundo, irreal y me siento como en el reparto de
una película de gigantes, tal vez la película favorita de José, Bladerunner21. El recuerdo
del intento de beso de José me atormenta. Me empiezo a sentir un poco cruel por no
llamarlo. Puede esperar hasta mañana... Seguro.
—Estaremos allí en unos minutos —murmura Christian y de repente, mi sangre
palpita en mis oídos mientras los latidos de mi corazón se aceleran y la adrenalina
recorre mi sistema. Empieza a hablar de nuevo con control aéreo, pero no escucho
más.
Oh mi... Creo que me voy a desmayar. Mi destino está en sus manos.
---------------------------------------------------------------------------------------------------------
21 Bladerunner: Película de ciencia ficción dirigida por Ridley Scott y estrenada en 1982. Está basada en la novela ¿Sueñan los androides con ovejas eléctricas? de Philip K. Dick.
---------------------------------------------------------------------------------------------------------
Ahora volamos entre los edificios y frente a nosotros, puedo ver un rascacielos con una
pista de aterrizaje en la cima. La palabra “Escala” está pintada en blanco en la cima
del edificio. Está cada vez más cerca, se hace cada vez más y más grande... Como mi
ansiedad. Dios, espero no defraudarlo. Él me encontrará carente de algo. Desearía
haber escuchado a Kate y haber tomado uno de sus vestidos, pero a mí me gustan mis
jeans negros, estoy usando una camisa verde claro y la chaqueta negra de Kate. Me
veo elegante. Sujeto el borde de mi asiento cada vez más fuerte. Puedo hacerlo. Puedo
hacerlo. Canto ese mantra mientras descendemos.
El helicóptero reduce la marcha, se sostiene en el aire y Christian lo deja sobre la pista
de aterrizaje en la cima del edificio. Mi corazón está en mi boca. No puedo decir si es
por nervios anticipados, alivio de que llegamos vivos o miedo de que de alguna manera
fallaré. Él apaga el motor, el sonido del rotor disminuye y se tranquiliza hasta que
escucho el sonido de mi respiración irregular. Christian se quita sus auriculares,
alcanza los míos y también los quita.
—Estamos aquí —dice suavemente.
Su mirada es tan intensa, la mitad en las sombras y la otra mitad iluminada por las
luces de aterrizaje. El caballero oscuro y el caballero blanco, es una metáfora
apropiada para Christian. Parece tenso. Su mandíbula está apretada y sus ojos ceñidos.
Desata su cinturón de seguridad y se estira para desatar el mío. Su rostro a centímetro
del mío.
—No tienes que hacer nada que no quieras, sabes eso, ¿no? —Su tono es tan serio,
incluso desesperado, sus ojos grises apasionados. Me toma por sorpresa.
—Nunca haría algo que no quisiera, Christian. —Y mientras digo las palabras, no
estoy completamente convencida, porque en este momento, probablemente haría
cualquier cosa por este hombre sentado a mi lado. Pero eso hace la magia. Él está
calmado.
Me mira con cautela por un momento y de alguna manera, aunque es tan alto, logra
hacer con gracia su camino hacia la puerta del helicóptero y abrirla. Salta fuera,
esperando que lo siga y toma mi mano cuando me deslizo hacia abajo a la pista de
aterrizaje. Hace mucho viento en la cima del edificio y estoy nerviosa por el hecho de
que estoy soportando al menos a treinta metros de altura. Christian rodea mi cintura
con su brazo, atrayéndome fuertemente contra él.
—Vamos —grita sobre el ruido del viento. Me arrastra hacia un ascensor y, después de
tocar un número en el teclado, la puerta se abre. Dentro está cálido y lleno de espejos.
Puedo mirar a Christian hacia donde sea que mire y lo maravilloso es que me está
llevando al infinito también. Christian introduce otro código en el teclado, luego las
puertas se cierran y el ascensor desciende.
Momentos más tarde, estamos en un vestíbulo blanco. En el centro hay una oscura
mesa redonda de madera y sobre ésta, un ramo increíblemente enorme de flores
blancas. En las paredes, hay cuadros en todas partes. Él abre una puerta doble y el
blanco continúa por el pasillo, directamente hacia una gran habitación. Es la sala de
estar, con techos altísimos. Enorme es una palabra demasiado pequeña para esto. La
pared lejana es de cristal y conduce a un balcón con vista a todo Seattle.
A la derecha hay un imponente sofá con forma de “u”, en el cual pueden sentarse diez
adultos cómodamente. Frente a este, una chimenea moderna de acero inoxidable o
platino… algo así. El fuego alumbra y arde con cuidado. A nuestra izquierda, por el
camino de entrada, está la cocina. Toda de blanco, con encimeras oscuras de madera y
una larga barra de desayuno para seis personas.
Cerca de la zona de la cocina, frente a la pared de vidrio, hay una mesa para cenar
rodeada por dieciséis sillas. Y en la esquina hay un piano de cola negro brillante. Oh,
sí... Probablemente él también toca el piano. Hay arte de todas las formas y tamaños
en todas las paredes. De hecho, el apartamento parece más una galería que un lugar
para vivir.
—¿Puedo tomar tu chaqueta? —pregunta Christian. Niego con la cabeza. Todavía
tengo frío por el viento en la pista de aterrizaje.
—¿Quieres una bebida? —pregunta él. Parpadeo.
¡Después de ayer en la noche! ¿Está tratando de ser gracioso? Por un segundo, pienso en
pedirle una margarita, pero no tengo el valor.
—Voy a tomar una copa de vino blanco ¿te gustaría acompañarme?
—Sí, por favor —murmuro.
Estoy de pie en esta enorme sala, sintiéndome fuera de lugar. Me acerco a la pared de
cristal y me doy cuenta que la mitad inferior de la pared se abre hacia el balcón al estilo
acordeón. Seattle está iluminado y animado en el fondo. Camino de regreso a la zona
de la cocina —eso toma algunos segundos ya que está muy lejos de la pared de vidrio—
y Christian está abriendo una botella de vino. Se ha quitado la chaqueta.
—¿Pouilly Fumé está bien para ti?
—No sé nada sobre vinos, Christian. Estoy segura de que estará bien. —Mi voz es baja
y vacilante. Mi corazón late con fuerza. Quiero huir. Esto es seriamente suntuoso.
Seriamente excesivo al estilo acaudalado de Bill Gates. ¿Qué estoy haciendo aquí?
Sabes muy bien qué estás haciendo aquí, mi subconsciente se burla de mí. Sí, quiero estar
en la cama de Christian Grey.
—Aquí tienes. —Me da una copa de vino. Incluso las copas son suntuosas... pesadas,
contemporáneas y de cristal. Tomo un sorbo y el vino es ligero, fresco y delicioso.
—Estás muy callada y ni siquiera estás sonrojándote. De hecho, creo que esto es lo
más pálida que te he visto, Anastasia —murmura—. ¿Tienes hambre?
Niego con la cabeza. No de comida.
—Tienes un lugar muy grande aquí.
—¿Grande?
—Grande.
—Es grande. —Coincide y sus ojos brillan con diversión. Tomo otro sorbo de vino.
—¿Tocas? —Apunto con mi barbilla hacia el piano.
—Sí.
—¿Bien?
—Sí.
—Por supuesto que sí. ¿Hay algo que no puedas hacer bien?
—Sí... un par de cosas. —Toma un sorbo de vino. No quita sus ojos de mí. Los siento
siguiéndome cuando me doy la vuelta y echo un vistazo alrededor de esta enorme sala.
Sala es una palabra incorrecta. Esta no es una sala, es una declaración de principios.
—¿Quieres sentarte?
Asiento con la cabeza, él toma mi mano y me lleva al extenso sofá blanco grisáceo.
Cuando me siento, estoy sorprendida por el hecho de que me siento como Tess
Durbeyfield, contemplando la nueva casa que pertenece al célebre Alec D'Urberville.
El pensamiento me hace sonreír.
—¿Qué es tan divertido? —Se sienta a mi lado, volviéndose para mirarme a la cara.
Reposa la cabeza en su mano derecha, con su codo apoyado en el respaldo del sofá.
—¿Por qué me regalaste específicamente Tess of the D'Urbervilles? —pregunto. Christian
me mira fijamente por un momento. Creo que está sorprendido por mi pregunta.
—Bueno, dijiste que te gustaba Thomas Hardy.
—¿Esa es la única razón? —Incluso yo puedo escuchar la decepción en mi voz. Su
boca se aprieta en una línea dura.
—Me pareció apropiado. Podía mantenerte en un ideal imposiblemente alto, como
Angel Clare o degradarte por completo, como Alec D'Urberville —murmura y sus ojos
grises brillan oscuros y peligrosos.
—Si sólo hay dos opciones, me quedo con la degradación —susurro, mirándolo
fijamente. Mi subconsciente está mirándome con asombro. Él jadea.
—Anastasia, deja de morderte el labio, por favor. Es muy distractor. No sabes lo que
estás diciendo.
—Es por eso que estoy aquí.
Frunce el ceño.
—Sí. ¿Me disculpas un momento? —Desaparece por una puerta ancha al lado opuesto
de la sala. Se va por un par de minutos y vuelve con un documento.
—Este es un acuerdo de confidencialidad. —Se encoge de hombros y tiene la gracia de
verse un poco avergonzado—. Mi abogado insiste en ello. —Me lo entrega. Estoy
completamente perpleja—. Si optas por la segunda opción, la degradación, tendrás que
firmar esto.
—¿Y si no quiero firmar nada?
—Entonces, serán los altos ideales de Angel Clare, bueno, por la mayor parte del libro
de todos modos.
—¿Qué significa este acuerdo?
—Significa que no puedes revelar nada sobre nosotros. Nada, a nadie.
Lo miro con incredulidad. Mierda. Esto es malo, realmente malo y ahora estoy muy
curiosa por saber.
—Está bien. Firmaré.
Me da una pluma.
—¿Ni siquiera vas a leerlo?
—No.
Frunce el ceño.
—Anastasia, siempre debes leer cualquier cosa que firmes —me aconseja.
—Christian, lo que no entiendes es que no hablaría de nosotros con nadie, de todos
modos. Ni siquiera con Kate. Por lo tanto, es irrelevante si firmo un acuerdo o no. Si
eso significa tanto para ti o para tu abogado… con quién obviamente hablaste, entonces
está bien. Voy a firmar.
Él me mira y asiente con la cabeza seriamente.
—Punto justo bien planteado, señorita Steele.
Firmo ostentosamente en la línea punteada de ambas copias y le devuelvo una.
Doblando la otra, la pongo en mi bolso y tomo un gran trago de vino. Estoy
pareciendo mucho más valiente de lo que realmente me siento.
—¿Esto significa que vas a hacer el amor conmigo esta noche, Christian? —Mierda.
¿Acabo de decir eso? Su boca se abre ligeramente, pero se recupera rápidamente.
—No, Anastasia no. En primer lugar, yo no hago el amor. Follo... duro. En segundo
lugar, hay mucho más papeleo por hacer y en tercer lugar, todavía no sabes lo que te
espera. Aún puedes huir por las colinas. Ven, quiero mostrarte mi cuarto de juegos.
Mi boca se abre. ¡Follar duro! Mierda, eso suena tan... caliente. Pero ¿por qué vamos a
ver un cuarto de juegos? Estoy desconcertada.
—¿Quieres jugar con tu Xbox? —pregunto. Se ríe fuerte.
—No, Anastasia, ningún Xbox, ni Playstation. Ven. —Se pone de pie, extendiendo la
mano. Dejo que me lleve de nuevo hacia el pasillo. A la derecha de las puertas dobles,
por dónde entramos, otra puerta conduce a una escalera. Subimos al segundo piso y
doblamos a la derecha. Sacando una llave de su bolsillo, abre otra puerta y toma una
respiración profunda.
—Puedes irte en cualquier momento. El helicóptero está listo para llevarte cuando
quieras irte, puedes pasar la noche aquí y volver a casa por la mañana. Lo que decidas
está bien.
—Sólo abre la maldita puerta, Christian.
Abre la puerta y retrocede para dejarme entrar. Lo miro una vez más. Quiero saber lo
que hay aquí. Tomando una respiración profunda, entro.
Y se siente como si hubiera viajado en el tiempo de vuelta al siglo XVI y a la Inquisición española.
Mierda.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)