lunes, 22 de abril de 2013

50 Sombras de Grey- Capitulo 1


Frunzo el ceño con frustración hacia mí misma frente al espejo. Maldito sea mi 
cabello, sencillamente no se comporta y maldita sea Katherine Kavanagh por 
estar enferma y someterme a esta terrible experiencia. Debería estar estudiando 
para mis exámenes finales, que son la próxima semana, sin embargo, aquí estoy, 
intentando cepillar mi cabello para que luzca controlado. No debo dormir con el cabello 
mojado. No debo dormir con el cabello mojado. Recitando este mantra varias veces, intento, 
una vez más, tenerlo bajo control con el cepillo. Pongo los ojos en blanco con 
exasperación, y miro a la pálida chica con cabello castaño y ojos azules demasiado 
grandes para su rostro devolviéndome la mirada, y me rindo. Mi única opción es 
dominar mi caprichoso cabello con una cola de caballo y esperar que luzca semipresentable.

Kate es mi compañera de habitación y ha elegido el día de hoy, de todos los días 
posibles, para sucumbir a la gripe. Por lo tanto, no puede asistir a la entrevista que 
había quedado de hacer, con algún magnate mega-industrial del que jamás he oído 
hablar, para el periódico escolar. Así que me he ofrecido voluntaria. Tengo exámenes 
finales con los que quemarme las pestañas, un ensayo que terminar, y se supone que 
vaya a trabajar esta tarde, pero no, hoy tengo que conducir doscientos sesenta y cinco 
kilómetros hacia el centro de Seattle para reunirme con el enigmático Gerente General 
de Grey Enterprises Holdings Inc. Como un excepcional empresario, y muy 
importante benefactor de nuestra universidad, su tiempo es extraordinariamente 
precioso —mucho más precioso que el mío— pero le ha concedido una entrevista a 
Kate. Una verdadera oportunidad, me dice ella. Malditas sean sus actividades 
extracurriculares.

Kate está acurrucada en el sofá, en la sala.

—Ana, lo lamento. Me tomó nueve meses conseguir esta entrevista. Tomará otros seis 
meses volver a programarla, y ambas nos habremos graduado para entonces. Como 
editora, no puedo dejar pasar esta oportunidad. Por favor —me ruega Kate con su 
áspera y adolorida voz. ¿Cómo lo hace? Incluso enferma, se ve pícara y hermosa, con 
el cabello rubio fresa en su lugar y los ojos verdes brillantes, aunque ahora estén rojos y 
llorosos. Ignoro mi punzada de simpatía inoportuna.

—Por supuesto que iré, Kate. Deberías regresar a la cama. ¿Quieres algo de Nyquil o 
Tylenol?
—Nyquil, por favor. Aquí están las preguntas y mi mini grabadora. Sólo presiona 
“Grabar” aquí. Haz notas, lo transcribiré todo.
—No sé nada de él —murmuro, intentando y fallando en suprimir mi creciente pánico.
—Las preguntas te ayudarán. Ve. Es un largo camino. No quiero que llegues tarde.
—De acuerdo, me voy. Regresa a la cama. Te hice algo de sopa para que calientes más 
tarde. —La miro fijamente, con cariño. Sólo por ti, Kate, haría esto.
—Lo haré. Buena suerte. Y gracias, Ana… como de costumbre, eres mi salvavidas.

Recogiendo mi cartera, le sonrío irónicamente, luego salgo directo al auto. No puedo 
creer que haya dejado a Kate convencerme de esto. Pero entonces Kate puede 
convencer a cualquiera de cualquier cosa. Será una periodista excepcional. Es 
elocuente, fuerte, persuasiva, argumentativa, hermosa… y es mi amiga más, más 
querida.

Los caminos están despejados cuando salgo de Vancouver, WA1, hacia Portland y la I-52

Es temprano, y no tengo que estar en Seattle hasta las dos de la tarde. 

Afortunadamente, Kate me ha prestado su Mercedes CLK deportivo. No estoy segura 
de que Wanda, mi Viejo VW Beetle, conseguiría hacer el trayecto a tiempo. Oh, 
conducir el Merces divertido, y los kilómetros se desvanecen cuando piso el 
acelerador al máximo.

Mi destino son las oficinas centrales de la empresa internacional del Sr. Grey. Es un 
enorme edificio de veinte pisos, con cristales curvados y acero, una fantasía 
arquitectónica utilitaria, con las palabras “Grey House” escritas discretamente en acero 
sobre las puertas delanteras de vidrio. Faltan quince minutos para las dos cuando llego, 
enormemente aliviada de no llegar tarde mientras camino hacia el enorme —y 
francamente intimidante— vestíbulo de cristal, acero y arenisca blanca.

Detrás del sólido escritorio de arenisca, una muy atractiva y bien arreglada rubia me 
sonríe amablemente. Está usando la chaqueta grisácea y camisa blanca más nítidas que 
alguna vez he visto. Se ve inmaculada. 

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1 WA: Washington
2
I-5: Interestatal 5.
3 Merc: Abreviación de Mercedes.
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—Estoy aquí para ver al Sr. Grey. Soy Anastasia Steele representando a Katherine 
Kavanagh.
—Discúlpeme por un momento, Srta. Steele. —Ella enarca una ceja ligeramente 
mientras espero tímidamente en frente suyo. Estoy empezando a desear haber pedido 
prestado uno de los blazer formales de Kate en lugar de usar mi chaqueta azul marino. 
He hecho un esfuerzo y me he puesto mi única falda, mis cómodas botas marrones 
hasta la rodilla y un suéter azul. Para mí, esto es inteligente. Pongo una de las hebras 
de mi cabello tras mi oreja mientras pretendo que ella no me intimida.
—Se espera a la Srta. Kavanagh. Firme aquí por favor, Srta. Steel. Use el último 
ascensor a la derecha, presione el piso número veinte. —Me sonríe amablemente, 
divertida sin duda, mientras firmo.


Me entrega un pase de seguridad que tiene la palabra “VISITANTE” estampada muy 
firmemente en el frente. No puedo evitar esbozar una sonrisilla. Sin duda es obvio que 
sólo estoy de visita. No encajo aquí, en absoluto. Nada cambia, suspiro para mis 
adentros. Agradeciéndole, camino hacia la zona de ascensores más allá de los dos 
hombres de seguridad que están mucho más inteligentemente vestidos que yo con sus 
trajes negros bien confeccionados.

El ascensor me sacude con una velocidad al límite hacia el piso número veinte. Las 
puertas se abren y estoy en otro gran vestíbulo, de nuevo, de cristal, acero y arenisca 
blanca. Me veo frente a otro escritorio de arenisca y otra joven rubia vestida 
impecablemente de blanco y negro, se levanta para saludarme.

—Señorita Steele, ¿podría esperar aquí, por favor? —Señala a una zona de espera con 
sillas de cuero blanco.

Detrás de las sillas de cuero hay una espaciosa sala de reuniones con paredes de vidrio 
y una mesa de madera oscura igualmente espaciosa, rodeada con al menos veinte sillas 
a juego. Más allá de ellas, hay una ventana que va desde el piso hasta el techo con una 
vista del cielo de Seattle que deja ver toda la ciudad hacia el Sound4. Es una vista 
sorprendente y estoy momentáneamente paralizada por ella. Wow.
Me siento, rebusco las preguntas en mi cartera y las reviso, maldiciendo para mis 
adentros a Kate por no darme una corta biografía. No sé nada de este hombre al que 
estoy a punto de entrevistar. Él podría tener noventa o treinta años. La incertidumbre 
es mortificante y mis nervios vuelven a la superficie, poniéndome inquieta. Nunca he 
estado cómoda con las entrevistas cara a cara, prefiero el anonimato de una discusión 
grupal en la que me puedo sentar inadvertidamente en la parte trasera de la habitación.
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4 Sound: Estrecho de Puget (o Puget Sound) es un profundo entrante del océano Pacífico localizado en la costa noroccidental de los Estados Unidos.
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Para ser honesta, prefiero mi propia compañía, leyendo una clásica novela británica, 
acurrucada en una silla en la biblioteca del campus. No sentada y retorciéndome 
nerviosamente en un colosal edificio de cristal y piedra. 

Pongo los ojos en blanco para mí misma. Cálmate, Steele. Juzgando por el edificio, que 
es demasiado frío y moderno, presumo que Grey está en sus cuarenta: delgado, 
bronceado y rubio para encajar con el resto del personal.

Otra elegante rubia impecablemente vestida sale de una gran puerta a la derecha. ¿Qué 
es lo que sucede con todas las rubias inmaculadas? Esto parece Stepford5. Respirando 
hondo, me pongo de pie.

—¿Señorita Steele? —pregunta la última rubia.
—Sí —grazno, y me aclaro la garganta—. Sí. —Eso sonó más seguro.
—El Sr. Grey la verá en un momento. ¿Puedo tomar su chaqueta?
—Oh, por favor. —Lucho para quitarme la chaqueta.
—¿Le han ofrecido algún refresco?
—Um… no. —Oh, Dios, ¿la Rubia Número Uno está en problemas?

La Rubia Número Dos frunce el ceño y le da una mirada a la joven mujer detrás del 
escritorio.

—¿Le gustaría té, café, agua? —pregunta, volviendo su atención nuevamente a mí.
—Un vaso de agua. Gracias —murmuro.
—Olivia, por favor tráele a la Srta. Steele un vaso de agua. —Su voz es severa. Olivia 
se levanta inmediatamente y se escabulle tras una puerta al otro lado del vestíbulo.
—Mis disculpas, Srta. Steele, Olivia es nuestra nueva interna. Por favor, siéntese. El 
Sr. Grey la verá en cinco minutos.
Olivia regresa con un vaso de agua helada.
—Aquí tiene, Srta. Steele.
—Gracias.
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5 Stepford: The Stepford Wives (en España e Hispanoamérica, Las mujeres perfectas), es una novela de 1972, escrita por el autor de “El bebe de Rosemary”, Ira Levin.
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La Rubia Número Dos camina hacia el gran escritorio, sus tacones haciendo eco en el 
piso de arenisca. Se sienta y ambas continúan con su trabajo.

Tal vez el Sr. Grey insiste en que todas sus empleadas sean rubias. Me estoy 
preguntando ociosamente si eso es legal, cuando la puerta de la oficina se abre y un 
hombre afroamericano alto, atractivo, elegantemente vestido y con cortas rastas sale. 

Definitivamente me he puesto la ropa equivocada.

Él se da la vuelta y dice a través de la puerta: —Golf, esta semana, Grey.
No escucho la respuesta. Él se da la vuelta, me ve, y sonríe, sus oscuros ojos 
arrugándose en las esquinas. Olivia ha saltado de su silla y llamado el ascensor. Parece 
lucirse al saltar de su asiento. ¡Está más nerviosa que yo!

—Buenas tardes, señoritas —dice él mientras sale por la puerta deslizante.
—El Sr. Grey la verá ahora, Srta. Steele. Puede pasar —dice la Rubia Número Dos. 

Me pongo de pie temblorosamente, intentando suprimir mis nervios. Recogiendo mi 
cartera, abandono mi vaso de agua y me abro paso hacia la puerta parcialmente 
abierta.

—No necesita tocar, sólo entre. —Ella sonríe amablemente.

Empujo la puerta para abrirla y entro a trompicones, tropezándome con mis propios 
pies y cayendo de cabeza dentro de la oficina.

¡Mierda, yo y mis dos pies izquierdos! Estoy sobre manos y rodillas en el umbral de la 
oficina del Sr. Grey y amables manos están rodeándome, ayudándome a ponerme de 
pie. Estoy tan avergonzada, maldita sea mi torpeza. Tengo que armarme de valor para 
levantar la mirada. Dios mío, él es tan joven.

—Señorita Kavanagh. —Extiende una mano con largos dedos hacia mí una vez estoy 
de pie—. Soy Christian Grey. ¿Se encuentra bien? ¿Le gustaría sentarse?

Tan joven… y atractivo, muy atractivo. Es alto, está vestido con un fino traje gris, 
camisa blanca, corbata negra, rebelde cabello cobrizo e intensos y brillantes ojos grises 
que me observan sagazmente. Me toma un momento encontrar mi voz.

—Um… de hecho… —murmuro. Si este tipo está en sus treinta entonces estoy 
completamente sorprendida. Aturdida, pongo mi mano en la suya y nos damos un 
apretón. Cuando nuestros dedos se tocan, siento un raro y excitante hormigueo 
recorriéndome. Aparto mi mano apresuradamente, avergonzada. Debe ser la estática. 
Parpadeo rápidamente, mis pestañas igualando el ritmo de mi corazón—. La Srta. 
Kavanagh está indispuesta, así que me envió a mí. Espero que no le moleste, Sr. Grey.
—¿Y usted es? —Su voz es cálida, posiblemente divertida, pero es difícil saberlo por lo 
impasible de su expresión. Parece ligeramente interesado, pero más que eso, cortés.
—Anastasia Steele. Estoy estudiando Literatura Inglesa con Kate, um… Katherine… 
um… la Srta. Kavanagh, en la Washington State.
—Ya veo —dice simplemente. Creo que veo el fantasma de una sonrisa en su 
expresión, pero no estoy segura. 
—¿Le gustaría tomar asiento? —Me señala el sofá de cuero blanco con forma de “L”.

Su oficina es demasiado grande para sólo un hombre. Frente a las ventanas que van 
desde el piso hasta el techo, hay un enorme escritorio moderno de madera oscura en el 
que seis personas podrían comer cómodamente. Hace juego con la mesa de café junto 
al sofá. Todo lo demás es blanco: el techo, los pisos y las paredes, excepto aquella 
junto a la puerta en la que cuelga un mosaico de pequeñas pinturas, treinta y seis de 
ellas arregladas formando un cuadrado. Son exquisitas, una serie de objetos mundanos 
y olvidados pintados con detalles tan preciosos que lucen como fotografías. Puestas 
juntas, son impresionantes.

—Un artista local. Trouton —dice Grey cuando atrapa mi mirada.
—Son adorables. Elevan lo ordinario hasta lo extraordinario —murmuro, distraída por 
él y por las pinturas. Inclina su cabeza hacia un lado y me observa atentamente.
—No podría estar más de acuerdo, Srta. Steele —responde, su voz es suave y por 
alguna razón inexplicable, me encuentro a mí misma sonrojándome.

Fuera de las pinturas, el resto de la oficina es fría, limpia y clínica. Me pregunto si eso 
refleja la personalidad del Adonis que se hunde con gracia en una de las sillas de cuero 
blanco frente a mí. Sacudo la cabeza, alterada por la dirección que toman mis 
pensamientos, y recupero las preguntas de Kate de mi cartera. Después, pongo la mini 
grabadora y soy tan torpe, que la dejo caer dos veces en la mesa de café enfrente de mí. 

El Sr. Grey no dice nada, esperando pacientemente —espero— mientras yo me 
avergüenzo y me pongo más nerviosa. Cuando me armo de valor para mirarlo, él me 
está observando, una mano relajada contra su regazo y la otra ahuecando su barbilla, 
deslizando su largo dedo índice a través de sus labios. Creo que está intentando 
suprimir una sonrisa.

—Lo lamento —tartamudeo—. No estoy acostumbrada a esto.
—Tómese todo el tiempo que necesite, Srta. Steele —dice él.
—¿Le molesta si grabo sus respuestas?
—Después de que se ha tomado tantas molestias poniendo la grabadora, ¿me pregunta 
ahora?
Me sonrojo. ¿Se está burlando? Eso espero. Parpadeo hacia él, insegura de qué decir, y 
creo que le doy lástima porque cede. —No, no me molesta.

—¿Kate, quiero decir, la Srta. Kavanagh, le explicó para qué era la entrevista?
—Sí. Para que aparezca en la publicación de la graduación del periódico escolar dado 
que seré quien confiera los diplomas en la ceremonia de graduación de este año.

¡Oh! Estas son noticias nuevas para mí y estoy temporalmente preocupada por el 
pensamiento de que alguien no mucho mayor que yo —de acuerdo, quizá seis años o 
algo así, y bien, mega exitoso, pero aun así— va a entregarme mi diploma. Frunzo el 
ceño, trayendo mi caprichosa atención de vuelta a la tarea que tengo en mano.

—Bien. —Trago nerviosamente—. Tengo algunas preguntas, Sr. Grey. —Acomodo un 
mechón rebelde de mi cabello tras mi oreja.
—Pensé que las tendría —dice, inexpresivo. Se está riendo de mí. Mis mejillas se 
calientan al darme cuenta de eso, me enderezo y cuadro los hombros en un intento de 
verme más alta e intimidante. Presionando el botón de grabación en la grabadora, 
intento lucir profesional.

—Es usted muy joven para haber acumulado un imperio así. ¿A qué le debe su éxito? 
—Lo miro. Su sonrisa es triste, pero luce vagamente decepcionado.
—Los negocios son siempre sobre las personas, Srta. Steele, y soy muy bueno 
juzgándolas. Sé qué las enoja, qué las hace prosperar y qué no, qué las inspira y cómo 
incentivarlas. Doy empleo a un equipo excepcional y los recompenso bien. —Hace 
una pausa y fija una mirada gris en mí—. Mi creencia es conseguir el éxito en 
cualquier plan que uno tenga, para convertirse uno mismo en el maestro de dicho plan, 
conocerlo por dentro y por fuera, conocer cada detalle. Trabajo duro, muy duro para 
hacer eso. Tomo decisiones basadas en la lógica y los hechos. Tengo un instinto 
natural que puede descubrir y nutrir una buena y sólida idea y a buenas personas. La 
línea final siempre está reducida a las buenas personas. 
—Quizá sólo tiene suerte. —Esto no está en la lista de Kate, pero él es tan arrogante. 
Sus ojos destellan momentáneamente, sorprendidos.
—No me adhiero a la suerte o a la oportunidad, Srta. Steele. Entre más duro trabajo
más suerte parezco tener. Realmente se trata de tener a las personas correctas en su 
equipo y dirigir sus energías adecuadamente. Creo que fue Harvey Firestone quien dijo
“El crecimiento y el desarrollo de las personas es la tarea más importante del 
liderazgo”.
—Suena como un controlador. —Las palabras están fuera de mi boca antes de que 
pueda detenerlas.
—Oh, practico el control en todas las cosas, Srta. Steele —dice sin un rastro de humor 
en su sonrisa. Lo miro, y él sostiene mi mirada firmemente, imperturbable. Mi pulso se 
acelera, y mi cara se sonroja de nuevo.
¿Por qué tiene un efecto tan desconcertante en mí? ¿Su abrumadora y atractiva 
apariencia quizás? ¿La forma en que me mira? ¿La forma en que frota suavemente su 
dedo índice sobre su labio inferior? Me gustaría que dejara de hacer eso.
—Además, se adquiere un inmenso poder asegurándote a ti mismo en tus fantasías 
secretas que naciste para controlar las cosas —continúa, su voz suave.
—¿Siente que tiene un inmenso poder? —Controlador.
—Empleo a alrededor de cuarenta mil personas, Srta. Steele. Eso me da un cierto 
sentido de responsabilidad… poder, si así prefiere. Si decidiera que ya no estaba 
interesado en el negocio de las telecomunicaciones y vendo todo, veinte mil personas 
lucharían para realizar los pagos de su hipoteca después de aproximadamente un mes.
Me quedo boquiabierta. Estoy pasmada por su falta de humildad.
—¿Y no tiene un comité ante el que responder? —pregunto, disgustada.
—Soy el dueño de mi compañía. No tengo que responder ante un comité. —Levanta 
una ceja hacia mí. Me sonrojo. Por supuesto, sabría esto si hubiera hecho algo de 
investigación. Pero Dios, es tan arrogante. Cambio de enfoque.
—¿Y tiene intereses fuera de su trabajo?
—Tengo intereses variados, Srta. Steele. —El fantasma de una sonrisa llega a sus 
labios—. Muy variados. —Y por alguna razón, estoy confundida y acalorada por su 
firme mirada. Sus ojos están encendidos con algún pensamiento impío.
—Pero si trabaja tan duramente, ¿qué hace para relajarse?
—¿Relajarme? —Sonríe, revelando unos perfectos dientes blancos. Dejo de respirar. 
Realmente es guapo. Nadie debería ser así de atractivo.
—Bueno, para “relajarme” como usted dice, navego, vuelo, disfruto de varias 
actividades físicas. —Se mueve en su silla—. Soy un hombre muy rico, Srta. Steele, y 
tengo caros e interesantes pasatiempos.

Echo un rápido vistazo a las preguntas de Kate, queriendo salir de este tema.

—Usted invierte en el sector manufacturero. ¿Por qué en ese específicamente? —
pregunto. ¿Por qué me hace sentir tan incómoda?
—Me gusta construir cosas. Me gusta saber cómo funcionan, qué hace que se muevan, 
cómo construirlas y desmontarlas. Y adoro los barcos. ¿Qué puedo decir?
—Eso suena como su corazón hablando en lugar de la lógica y los hechos. 
Su boca hace una mueca y me mira, evaluándome.
—Posiblemente. Aunque hay gente que diría que no tengo corazón.
—¿Por qué dirían eso?
—Porque me conocen bien. —Sus labios se curvan en una sonrisa torcida.
—¿Dirían sus amigos que es fácil conocerlo? —Y me arrepiento de la pregunta tan 
pronto como la digo. No está en la lista de Kate.
—Soy una persona muy privada, Srta. Steele. Hago mucho para proteger mi 
privacidad. No suelo dar entrevistas —termina.
—¿Por qué estuvo de acuerdo en hacer ésta?
—Porque soy benefactor de la Universidad, y a pesar de los intentos, no pude 
conseguir que la Srta. Kavanagh me dejara en paz. Acosó y acosó a mi gente de 
RRPP, y admiro esa clase de tenacidad.

Sé lo tenaz que Kate puede ser. Ese es el por qué estoy sentada aquí retorciéndome 
incómodamente bajo su penetrante mirada cuando debería estar estudiando para los 
exámenes. 

—También invierte en tecnologías de cultivo. ¿Por qué está interesado en esta área?
—No podemos comer dinero, Srta. Steele, y hay demasiada gente en este planeta que 
no tienen suficiente para comer.
—Eso suena muy filantrópico. ¿Es algo por lo que se siente apasionado? ¿Alimentar a 
los pobres del mundo?

Se encoge de hombros, muy evasivo. 

—Es un negocio astuto —murmura, aunque creo que no está siendo sincero. No tiene 
sentido… ¿alimentar a los pobres del mundo? No puedo ver los beneficios financieros 
de esto, sólo la integridad del ideal. Echo un vistazo a la siguiente pregunta, confusa 
por su actitud.
—¿Tiene una filosofía? Si la tiene, ¿cuál es?
—No tengo una filosofía como tal. Quizás un principio rector, el de Carnegie: “El 
hombre que adquiere la habilidad para asumir plena posesión de su mente puede 
tomar posesión de todo lo demás a lo que tiene derecho.” Soy muy singular, tenaz. Me 
gusta el control: de mí mismo y de aquellos a mí alrededor.
—¿Así que quiere poseer cosas? —Eres un controlador.
—Quiero merecer poseerlas, pero sí, en pocas palabras, lo hago.
—Suena como el consumidor final.
—Lo soy. —Sonríe, pero la sonrisa no llega a sus ojos. De nuevo esto no concuerda 
con alguien que quiere alimentar al mundo, por lo que no puedo evitar pensar que 
estamos hablando de otra cosa, pero estoy absolutamente desconcertada en cuanto a lo 
qué es. Trago saliva. La temperatura en la habitación está elevándose, o tal vez soy 
sólo yo. Sólo quiero que esta entrevista termine. Seguramente Kate tiene suficiente 
material ahora, ¿no? Echo un vistazo a la siguiente pregunta.
—Usted fue adoptado. ¿Hasta qué punto cree que eso afectó su forma de ser? —Oh, 
esto es personal. Lo miro, esperando que no esté ofendido. Frunce el ceño.
—No tengo modo de saberlo.
Mi interés se ha despertado. 
—¿Qué edad tenía cuando fue adoptado?
—Ese es un material de registro público, Srta. Steele. —Su tono es severo. Me sonrojo, 
de nuevo. Mierda. Sí, por supuesto: si hubiera sabido que iba a hacer esta entrevista, 
habría hecho alguna investigación. Avanzo rápidamente.
—Ha tenido que sacrificar una vida en familia por su trabajo.
—Esa no es una pregunta. —Es seco.
—Lo siento. —Me retuerzo, y él me hace sentir como si fuera una niña perdida. Lo 
intento de nuevo—. ¿Ha tenido que sacrificar una vida en familia por su trabajo?
—Tengo una familia. Tengo un hermano, una hermana y dos padres cariñosos. No 
estoy interesado en extender mi familia más allá de eso.
—¿Es usted gay, señor Grey? 

Inhala fuertemente, y me avergüenzo, mortificada. Mierda. ¿Por qué no empleé alguna 
clase de filtro antes de leer esto directamente? ¿Cómo puedo decirle que sólo estoy 
leyendo las preguntas? ¡Maldita sea Kate y su curiosidad!

—No Anastasia, no lo soy. —Eleva las cejas, un brillo frío en sus ojos. No parece 
contento.
—Pido disculpas. Está umm… escrito aquí. —Es la primera vez que ha dicho mi 
nombre. Mi pulso se acelera, y mis mejillas están ardiendo otra vez. Nerviosa, pongo 
mi cabello suelto detrás de la oreja.

Ladea la cabeza hacia un lado. 

—¿Estas no son sus propias preguntas?

La sangre se drena de mi cabeza. Oh no. 

—Esto… no. Kate, la Srta. Kavanagh, compiló las preguntas.
—¿Son compañeras en el periódico estudiantil? —Oh mierda. No tengo nada que ver 
con el periódico estudiantil. Es su actividad extracurricular, no la mía. Mi cara está en 
llamas.
—No. Es mi compañera de habitación.

Se frota el mentón en silenciosa deliberación, sus ojos grises evaluándome.

—¿Te ofreciste voluntaria para hacer esta entrevista? —pregunta, su voz mortalmente 
tranquila.

Espera, ¿quién se supone que está entrevistando a quién? Sus ojos me queman, y estoy 
obligada a contestar la verdad.

—Estaba obligada. Ella no está bien. —Mi voz es débil y apenada.
—Eso explica muchas cosas.

Llaman a la puerta, y la Rubia Número Dos entra.

—Señor Grey, perdóneme por interrumpir, pero su siguiente reunión es en dos 
minutos.
—No hemos terminado aquí, Andrea. Por favor cancela mi siguiente reunión.

Andrea duda, mirándolo. Parece perdida. Él vuelve la cabeza lentamente para hacerle 
frente y levanta las cejas. Ella se ruboriza de un color rosa brillante. Oh bien. No soy sólo 
yo.

—Muy bien, Sr. Grey —murmura, luego sale. Él frunce el ceño, y vuelve su atención 
de nuevo hacia mí.
—¿Dónde estábamos, Srta. Steele?

Oh, estamos de vuelta al “Srta. Steele” ahora. 

—Por favor no permita que lo interrumpa.
—Quiero saber acerca de usted. Creo que es lo justo. —Sus ojos grises están 
encendidos con curiosidad. Doble mierda. ¿Adónde va con esto? Sitúa los codos en los 
brazos de la silla y junta los dedos frente a su boca. Su boca… distrae mucho. Trago 
saliva.
—No hay mucho que saber —digo, sonrojándome otra vez.
—¿Cuáles son sus planes después de graduarse?

Me encojo de hombros, confundida por su interés. Venir a Seattle con Kate, encontrar un 
lugar, encontrar trabajo. Realmente no he pensado más allá de mis exámenes finales.

—No he hecho planes, Sr. Grey. Sólo necesito superar mis exámenes finales. —Para los 
cuales debería estar estudiando ahora en lugar de estar sentada en tu grandiosa, ostentosa y estéril 
oficina, sintiéndome incómoda bajo tu penetrante mirada. 
—Llevamos a cabo un programa de pasantías excelente aquí —dice tranquilamente. 
Levanto las cejas con sorpresa. ¿Está ofreciéndome un trabajo?
—Oh. Lo tendré en cuenta —murmuro, completamente confundida—. Aunque no 
estoy segura de encajar aquí. —Oh no. Estoy reflexionando en voz alta otra vez.
—¿Por qué dice eso? —Ladea su cabeza a un lado, intrigado, un indicio de sonrisa 
jugando en sus labios.
—Es obvio, ¿no? —Soy descoordinada, desaliñada, y no soy rubia.
—No para mí —murmura. Su mirada es intensa, todo el humor se ha ido, y extraños 
músculos en lo profundo de mi vientre se aprietan de pronto. Aparto los ojos de su 
escrutinio y miro ciegamente hacia abajo a mis dedos anudados. ¿Qué está pasando?
Tengo que irme, ahora. Me inclino hacia delante para recuperar la grabadora.
—¿Quiere que le enseñe los alrededores? —pregunta.
—Estoy segura de que está demasiado ocupado, Sr. Grey, y tengo que hacer un largo 
viaje en coche.
—¿Está conduciendo de vuelta a la WSU6 en Vancouver? —Suena sorprendido, 
preocupado incluso. Mira hacia fuera por la ventana. Ha comenzado a llover—. 
Bueno, es mejor que conduzca con cuidado. —Su tono es duro, autoritario. ¿Por qué 
debería preocuparse?—. ¿Ha conseguido todo lo que necesita? —añade. 
—Sí señor —respondo, guardando la grabadora en mi cartera. Sus ojos se estrechan 
especulativamente. 
—Gracias por la entrevista, Sr. Grey.
—El placer ha sido todo mío —dice, educado como siempre.
Cuando me levanto, él se levanta y me tiende la mano.
—Hasta que nos encontremos de nuevo, Srta. Steele. —Y suena como un desafío, o 
una amenaza, no estoy segura de qué. Frunzo el ceño. ¿Cuándo vamos a encontrarnos 
otra vez? Sacudo su mano una vez más, asombrada de que esa extraña energía entre 
nosotros siga ahí. Deben ser mis nervios.
—Sr. Grey. —Asiento hacia él. Moviéndose con una ágil elegancia atlética hacia la 
puerta, la abre de par en par. 
—Sólo asegurándome de que llegue a la puerta, Srta. Steele. —Me brinda una pequeña 
sonrisa. Obviamente se está refiriendo a mi anterior poco elegante entrada a su oficina. 
Me sonrojo.
—Eso es muy considerado, Sr. Grey —digo bruscamente, y su sonrisa se ensancha. Me 
alegro de que me encuentres entretenida, frunzo el ceño interiormente, caminando hacia el 
vestíbulo. Estoy sorprendida cuando me sigue fuera. Andrea y Olivia alzan la vista, 
igualmente sorprendidas.
—¿Tiene un abrigo —pregunta Grey.
—Sí. —Olivia se levanta de un salto y recupera mi chaqueta, la cual le es arrebatada 
por Grey antes de que pueda entregármela. La sostiene y, sintiéndome ridículamente 
tímida, me encojo dentro de ella. Grey sitúa sus manos por un momento en mis 
hombros. Jadeo ante el contacto. Si nota mi reacción, no dice nada. Su largo dedo 
índice presiona el botón convocando el ascensor, y permanecemos de pie esperando… 
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6WSU: Washington State University (Universidad de Washington)
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torpemente por mi parte, fríamente dueño de sí mismo por la suya. Las puertas se 
abren, y me apresuro a entrar desesperada por escapar. Realmente necesito salir de aquí.
Cuando me vuelvo para mirarlo, está inclinado contra la puerta junto al ascensor con 
una mano en la pared. Realmente es muy, muy atractivo. Es una distracción. Sus 
ardientes ojos grises me miran.

—Anastasia —dice como despedida.
—Christian —respondo. Y gracias a Dios, las puertas se cierran.


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