martes, 23 de abril de 2013

50 Sombras de Grey- Capitulo 5


Está muy silencioso. La luz es muy débil. Me siento cómoda y cálida en esta 
cama. Hmm… Abro mis ojos y por un momento estoy tranquila y serena, 
disfrutando los extraños y desconocidos alrededores. No tengo idea de dónde 
estoy. La cabecera detrás de mí tiene la forma de un enorme sol. Es extrañamente
familiar. La habitación es grande, espaciosa y lujosa, amueblada en tonos cafés, 
dorados y beiges. La he visto antes. ¿Dónde? Mi cerebro aturdido lucha a través de sus 
recientes memorias visuales. Mierda. Estoy en el hotel Heathman… en una suite. He 
estado parada en una habitación parecida a esta con Kate. Esta parece más grande. 

Oh, mierda. Estoy en la suite de Christian Grey. ¿Cómo llegué aquí?

Recuerdos fragmentados de la noche anterior regresan lentamente a atormentarme. La 
bebida, ay no la bebida, la llamada telefónica, oh no la llamada telefónica, el vómito, oh no 
el vómito. José y luego Christian. Oh no. Me estremezco por dentro. No recuerdo venir 
aquí. Estoy usando mi camiseta, sujetador y bragas. Sin calcetines. Sin jeans. Mierda.
Echo un vistazo a la mesa de noche. En ella hay un vaso con jugo de naranja y dos 
pastillas. Advil. Que controlador es, piensa en todo. Me siento y tomo las pastillas. En 
realidad no me siento tan mal, probablemente mucho mejor de lo que merezco. El jugo 
de naranja tiene un sabor divino. Apaga la sed y es refrescante. Nada es mejor que el 
jugo de naranja recién exprimido para revivir una boca seca.

Hay un golpe en la puerta. Mi corazón salta a mi boca y parece que no puede 
encontrar mi voz. Él abre la puerta de todos modos y entra.

Santo infierno, ha estado haciendo ejercicio. Usa pantalones de chándal gris que 
cuelgan de sus caderas y una camiseta gris que esta oscurecida con sudor, al igual que 
su cabello. Sudor de Christian Grey, la idea causa cosas extrañas en mí. Tomo una 
respiración profunda y cierro los ojos. Me siento como una niña de dos años. Si cierro 
mis ojos, entonces no estoy aquí realmente.

—Buenos días, Anastasia. ¿Cómo te sientes?

Oh, no.

—Mejor de lo que me merezco —murmuro.

Le doy un vistazo. Coloca una bolsa de compra grande en una silla y toma cada 
extremo de la toalla que tiene alrededor de su cuello. Me mira, ojos gris oscuro y como 
siempre, no tengo idea de lo que está pensando. Esconde sus pensamientos y 
sentimientos tan bien.

—¿Cómo llegué aquí? —Mi voz es débil, con remordimientos.

Se acerca y se sienta en el borde de la cama. Está lo suficientemente cerca como para 
que lo pueda tocar, para que lo pueda oler. Oh... el sudor, gel de ducha y Christian, es 
un cóctel embriagador... mucho mejor que una margarita y ahora puedo hablar desde 
la experiencia.
—Después que te desmayaste, no quería arriesgar la tapicería de cuero en mi auto 
llevándote todo el camino a tu apartamento. Así que te traje aquí — dice 
pausadamente.
—¿Me pusiste en la cama?
—Sí. —Su rostro es imperturbable.
—¿Vomite de nuevo? —Mi voz es más silenciosa.
—No.
—¿Me desvestiste? —susurro.
—Sí. —Alza una ceja en mi dirección y me sonrojo furiosamente.
—Nosotros no... —le susurro, mi boca secándose con horror mortificado cuando no 
puedo completar mi pregunta. Miro mis manos.
—Anastasia, estabas en estado de coma. La necrofilia no es lo mío. Me gusta que mi 
mujer sea sensible y receptiva —dice secamente.
—Lo siento mucho.

Su boca se eleva ligeramente en una sonrisa irónica.

—Fue una noche muy divertida. Una que no olvidaré en un tiempo.

Yo tampoco; oh, el bastardo se ríe de mí. No le pedí que viniera a buscarme. De 
alguna forma, me ha hecho sentir como el villano de la obra.

—No tenías por qué rastrearme con cualquier cosa de James Bond que estés 
desarrollando para vender al mejor postor —digo bruscamente. Me mira fijamente, 
sorprendido y si no me equivoco, un poco herido.

—En primer lugar, la tecnología para rastrear teléfonos celulares está disponible a 
través de Internet. En segundo lugar, mi compañía no invierte o fabrica cualquier tipo 
de dispositivos de vigilancia y en tercer lugar, si no hubiera ido por ti, probablemente 
estarías despertando en la cama del fotógrafo y por lo que puedo recordar, no estabas 
excesivamente entusiasmada sobre la forma en que te coqueteaba —dice agriamente.
¡La forma en que coqueteaba! Miro a Christian, me está mirando, sus ojos grises 
centelleantes, apenado. Trato de morderme el labio, pero fallo al reprimir la risa.
—¿De qué crónica medieval escapaste? —me río—. Suenas como un distinguido 
caballero.
Su humor cambia visiblemente. Sus ojos se suavizan y se expresión se hace cálida y 
veo un rastro de sonrisa en sus labios bellamente cincelados.
—Anastasia, no lo creo. Caballero oscuro tal vez. —Su sonrisa es irónica y niega con 
la cabeza—. ¿Comiste anoche? —Su tono es acusador. Niego con la cabeza. ¿Qué gran 
transgresión he cometido ahora? Su mandíbula se aprieta, pero su rostro permanece 
imperturbable.
—Necesitas comer. Por eso estabas tan mal. Honestamente Anastasia, es la regla 
número uno al beber. —Pasa sus manos por su cabello y sé que es porque está 
exasperado.
—¿Vas a continuar regañándome?
—¿Es eso lo que estoy haciendo?
—Creo que sí.
—Tienes suerte de que sólo te estoy regañando.
—¿Qué quieres decir?
—Bueno, si fueras mía, no serías capaz de sentarte durante una semana después de la 
proeza que hiciste ayer. No comiste, te emborrachaste, te pusiste en riesgo. —Cierra 
sus ojos, el temor grabado en su hermoso rostro y se estremece un poco. Cuando abre 
sus ojos, me mira—. Odio pensar en lo que podría haberte pasado.

Frunzo el ceño en su dirección. ¿Cuál es su problema? ¿Qué soy de él? Si fuera suya... 
bueno, no lo soy. Aunque tal vez, a una parte de mí le gustaría serlo. El pensamiento 
penetra a través de la irritación que siento ante sus palabras arrogantes. Me sonrojo 
ante la rebeldía de mi subconsciente; ella está haciendo su baile de felicidad en una 
brillante falda hawaiana de color rojo ante la idea de ser suya.

—Habría estado bien. Estaba con Kate.
—¿Y el fotógrafo? —me dice bruscamente.

Hmm... el joven José. Voy a tener que enfrentarme a él en algún momento.

—José solo se pasó de la raya. —Me encojo de hombros.
—Bueno, la próxima vez que se pase de la raya, tal vez alguien debería enseñarle 
buenos modales.
—Eres bastante disciplinario —le digo entre dientes.
—Oh, Anastasia, no tienes idea. —Sus ojos se entrecierran y luego sonríe con malicia. 

Es cautivadora. Un minuto, estoy confundida y enojad, y después, estoy mirando a su 
bella sonrisa. Wow... estoy en trance y es porque su sonrisa es tan rara. He olvidado de 
qué está hablando.

—Voy a tomar una ducha. ¿A menos que prefieras ducharte primero? —Ladea la 
cabeza hacia un lado, aun sonriendo. Los latidos de mi corazón se aceleran y mi bulbo 
raquídeo ha dejado de hacer sinapsis para que pueda respirar. Su sonrisa se ensancha, 
se acerca y dirige su pulgar hacia abajo por mi mejilla y a través de mi labio inferior.
—Respira, Anastasia —susurra y se levanta—. El desayuno estará aquí en quince 
minutos. Debes estar muerta de hambre. —Se dirige al baño y cierra la puerta.

Dejo escapar el aire que había estado reteniendo. ¿Por qué es tan condenadamente 
atractivo? En este momento, quiero ir y unirme a él en la ducha. Nunca me he sentido 
así por nadie. Mis hormonas están en una carrera. Mi piel hormiguea por donde pasó 
su pulgar, sobre mi rostro y el labio inferior. Me siento retorcer con una necesidad, 
ansia... incomodidad. No entiendo esta reacción. Hmm... Deseo. Esto es deseo. Así es 
como se siente. 

Me recuesto en las suaves almohadas llenas de plumas. “Si fueras mía.” Oh mi… ¿qué 
haría para ser suya? Él es el único hombre que alguna vez ha agitado mi sangre. Sin 
embargo, es tan antagónico también; es difícil, complicado y confuso. Un minuto me 
rechaza, al siguiente me envía libros de catorce mil dólares, luego me rastrea como un 
acosador. Y aun así, pasé la noche en su habitación de hotel y me siento a salvo. 

Protegida. Le importo lo suficiente para ir y rescatarme de algún peligro percibido 
erróneamente. No es un caballero oscuro en absoluto, sino un caballero blanco en 
armadura brillante y deslumbrante, un clásico héroe romántico, Sir Gawain12
Lancelot13 .

Salgo de su cama, buscando frenéticamente mis pantalones. Él emerge del baño, 
mojado y brillante por la ducha, todavía sin afeitar, con sólo una toalla alrededor de su 
cintura y ahí estoy yo… con las piernas desnudas y embobada. Está sorprendido de 
verme fuera de la cama.

—Si estás buscando tus pantalones, los envíe a la lavandería. —Su mirada es de 
obsidiana oscura—. Estaban salpicados de tu vomito.
—Oh. —Me pongo color escarlata. ¿Por qué en la tierra siempre me atrapa a la 
defensiva?
—Envíe a Taylor por otro par y unos zapatos. Están en la bolsa de la silla.

Ropa limpia. Que bonus tan inesperado.

—Um… tomaré una ducha —murmuro—. Gracias —¿Qué más puedo decir? Tomo la 
bolsa y entro disparada al baño, lejos de la proximidad de un Christian desnudo. El 

David de Miguel Angel no tiene comparación con él.

El baño está lleno de vapor. Arranco mi ropa y rápidamente me meto a la ducha, 
ansiosa de estar bajo el chorro de agua. Cae en cascada sobre mí y alzo mi rostro hacia 
el bienvenido torrente. Deseo a Christian Grey. Lo deseo demasiado. Es simple. Por 
primera vez en mi vida, quiero estar en la cama con un hombre. Quiero sentir sus 
manos y su boca en mí.

Él dijo que le gustaba que su mujer estuviese consciente. Entonces, probablemente no es 
célibe. Pero él no se aprovechó, a diferencia de Paul o José. No entiendo. ¿Me desea? 

No me besó la semana pasada. ¿Soy repelente? Y sin embargo, aquí estoy y me trajo él. 
Simplemente no sé a qué está jugando. ¿Qué está pensando? Has dormido toda la noche 
en su cama y no te tocó, Ana. Haz la suma. Mi subconsciente alza su parte fea y vil, la 
ignoro.

El agua es caliente y relajante. Hmm… podría quedarme bajo esta ducha, en este baño, 
por siempre. Alcanzo el jabón y huele a él. Es un olor delicioso. Lo froto por todo mi 
cuerpo, fantaseando que es él quien frota este jabón con esencia celestial por mi 
cuerpo, por mis pechos, sobre mi estómago y entre mis muslos con sus largos dedos. 

Oh mi Dios. Mi corazón se acelera de nuevo, esto se siente tan… tan bien.

—El desayuno está aquí. —Golpea la puerta, asustándome.
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12 Sir Gawain: Sobrino del Rey Arturo. Uno de los caballeros de la mesa redonda.
13 Lancelot: Otro de los caballeros de la mesa redonda.
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—Está bien —tartamudeo mientras soy arrancada cruelmente de mi sueño erótico.
Salgo de la ducha y tomo dos toallas. Pongo mi cabello en una y la envuelvo al estilo 
Carmen Mirando en mi cabeza. A toda prisa, me seco, ignorando la sensación 
placentera de la toalla frotándose contra mi piel súper sensible.

Inspecciono la bolsa de los pantalones. Taylor no sólo me compró eso y nuevas 
Converses, sino que también una camisa azul pálida, medias y ropa interior. Oh mi 
Dios. Un sostén limpio y bragas… aunque en verdad, describirlas en una forma 
mundana y utilitaria no les hace justicia. Son de un diseño exquisito, de alguna 
lencería europea cara. De encaje azul pálido y de tafetán. Wow. Estoy asombrada y un 
poco intimidada por esta lencería… y además, me quedan perfectamente. Por supuesto 
que lo hacen. Me ruborizo al pensar en el hombre con corte militar en alguna tienda de 
lencería comprando esto para mí. Me pregunto qué más hay en su descripción laboral.

Me visto rápidamente. El resto de la ropa se ajusta perfectamente. Bruscamente seco 
mi cabello con la toalla y trato desesperadamente de controlarlo. Pero, como siempre, 
se rehúsa a cooperar y mi única opción es sujetarlo una banda para el cabello. Debo 
tener una en mi bolso. Tomo una profunda respiración. Tiempo de enfrentar al Sr. 
Confusión.

Estoy aliviada de encontrar la habitación vacía. Rápidamente busco mi bolso, pero no 
está aquí. Tomando una profunda respiración, entro en la sala de la suite. Hay una 
opulenta área para sentarse, llena de sofás acolchados y suaves cojines, una elaborada 
mesa de café con un estante de libros brillantes, un área de estudio con una 
computadora Mac de última generación, una enorme pantalla plasma de TV en la 
pared y Christian está sentando en la mesa del comedor al otro lado de la habitación, 
leyendo un periódico. Es del tamaño de una cancha de tennis o algo parecido, no es 
que yo juegue tenis, aunque he visto a Kate unas cuantas veces. ¡Kate!

—Mierda, Kate —grazno. Christian me mira.
—Sabe que estás aquí y todavía viva. Le envíe un mensaje de texto a Elliot —lo dice 
con un rastro de humor.

Oh, no. Recuerdo su ardiente baile de anoche. ¡Todos sus movimientos patentados 
usados con el máximo efecto para seducir nada más ni nada menos que al hermano de 
Christian! ¿Qué va a pensar sobre mí estando aquí? Nunca antes me he quedado fuera. 
Ella sigue con Elliot. Sólo lo ha hecho dos veces antes y ambas veces había tenido que 
soportar ese horrendo pijama rosa durante una semana luego de que terminaran. Va a 
pensar que yo también he estado con Christian.

Christian me mira imperiosamente. Está usando una camisa de lino blanca, cuello y 
mangas sin abotonar.

—Siéntate —ordena, señalando un puesto en la mesa. Camino por la habitación y me 
siento frente a él, como me indicó. La mesa está repleta de comida.
—No sabía que te gustaba, así que ordené una selección del menú del desayuno. —Me 
da una torcida sonrisa de disculpa.
—Eso es muy despilfarrador de tu parte —murmuro, perpleja por la elección, aunque 
estoy hambrienta.
—Sí, lo es—suena culpable.

Opto por panqueques, jarabe de arce, huevos revueltos y tocino. Christian trata de 
ocultar una sonrisa mientras regresa a su omelette de huevos blancos. La comida es 
deliciosa.

—¿Té? —pregunta.
—Sí, por favor.

Me pasa una pequeña taza de agua caliente y en el platillo hay una bolsa de té de 
Twining’s English Breakfast. ¡Caray! Recuerda como me gusta mi té.

—Tu cabello está muy mojado —me reprende.
—No pude encontrar el secador —murmuro, avergonzada. No es como si lo hubiera 
buscado.

La boca de Christian se tensa en una dura línea, pero no dice nada.

—Gracias por organizar lo de la ropa.
—Es un placer, Anastasia. Ese color te favorece.

Me ruborizo y miro mis dedos.

—Sabes, en verdad debes aprender a recibir un cumplido. —Su tono es castigador.
—Debería darte dinero por esta ropa.

Me mira como si lo hubiera ofendido. Continúo. 

—Ya me diste libros, los que, por supuesto, no puedo aceptar. Pero esta ropa… por 
favor, déjame pagarte. —Le sonrío tentativamente.
—Anastasia, créeme, puedo pagarlo.
—Ese no es el punto. ¿Por qué deberías comprármelas?
—Porque puedo. —Sus ojos brillan con algo extraño.
—Sólo porque puedas no significa que debas —respondo en voz baja mientras me 
arquea una ceja, sus ojos brillando y de repente, siento como si estuviéramos hablando 
de otra cosa, pero no sé qué es. Lo que me recuerda…
—¿Por qué me enviaste los libros, Christian? —Mi voz es suave. Baja sus cubiertos y 
me contempla, sus ojos grises brillando con una emoción incomprensible. Mierda 
santa… mi boca se seca.
—Bueno, cuando casi fuiste atropellada por el ciclista y yo estaba sosteniéndote y me 
mirabas diciéndome “Bésame, bésame, Christian”. —Hace una pausa y se encoge de 
hombros lentamente—. Sentí que te debía una disculpa y una advertencia. —Pasa sus 
manos por su cabello—. Anastasia, no soy el tipo de hombre de flores y corazones, no 
me interesa el romance. Mis gustos son muy singulares. Deberías alejarte de mí. —

Cierra sus ojos como si estuviera dándose por vencido—. Sin embargo, hay algo que 
me impide alejarme de ti. Pero pienso que ya has descubierto eso.
Mi apetito se desvanece. ¡No puede alejarse!

—Entonces, no lo hagas —susurro.

Él jadea, sus ojos abiertos.

—No sabes lo que estás diciendo.
—Ilústrame, entonces.

Nos sentamos mirándonos el uno al otro, ninguno tocando la comida.

—¿No eres célibe entonces? —respiro.

Sorpresa ilumina sus ojos grises.

—No, Anastasia, no soy célibe. —Hace una pausa para que la información penetre y 
me ruborizo. El filtro cerebro-boca está roto de nuevo. No puedo creer que lo dije en 
voz alta—. ¿Cuáles son tus planes para los próximos días? —pregunta, su voz baja.
—Hoy trabajo medio día. ¿Qué hora es? —De repente, tengo pánico.
—Poco después de las diez. Tienes mucho tiempo. ¿Qué te parece mañana? —Tiene 
sus codos en la mesa y su barbilla descansando en sus largos dedos
—Kathe y yo vamos a comenzar a empacar. Nos mudaremos a Seattle la próxima 
semana y yo voy a trabajar en Clayton toda esta semana.
—¿Ya tienes un apartamento en Seattle?
—Sí.
—¿Dónde?
—No puedo recordar la dirección. Es en el Distrito Market Pike.
—No está lejos de mí —sus labios se tuercen en una medio sonrisa—. ¿En qué vas a 
trabajar en Seattle?

¿A dónde va con todas estas preguntas? La Inquisición de Christian Grey es casi tan 
irritante como la de Katherine Kavanagh.

—Apliqué para algunas pasantías. Estoy esperando noticias.
—¿Aplicaste para mi compañía como sugerí?

Me ruborizo… por supuesto que no.

—Um… no.
—¿Qué tiene de malo mi compañía?
—¿Tu compañía o tú compañía? —sonrío con picardía.

Él sonríe.

—¿Me estás sonriendo, señorita Steele? —Inclina su cabeza hacia un lado y creo que se 
ve divertido, pero es difícil de decir. Me sonrojo y bajo la mirada a mi desayuno sin 
terminar. No puedo mirarlo a los ojos cuando usa ese tono de voz.
—Me gustaría morder ese labio —susurra en un tono oscuro.

Oh Dios. Estoy completamente consciente de que estoy mordiendo mi labio inferior. Mi 
boca cae abierta mientras jadeo y trago al mismo tiempo. Esa tiene que ser la cosa más 
sexy que me han dicho jamás. Mi corazón se salta un latido y creo que estoy jadeando. 
Dios, soy un desastre tembloroso y ni siquiera me ha tocado. Me retuerzo en mi 
asiento y encuentro su mirada oscura.
—¿Por qué no lo haces? —lo reto en voz baja.
—Porque no voy a tocarte Anastasia… no hasta tener tu consentimiento escrito para 
hacerlo. —Sus labios se curvan en una sonrisa.

¿Qué?

—¿Qué significa eso?
—Exactamente lo que dije. —Suspira y sacude su cabeza, divertido pero exasperado 
también—. Necesito mostrártelo, Anastasia. ¿A qué hora terminas de trabajar esta 
tarde? 
—Alrededor de las ocho.
—Bien, podríamos ir a Seattle esta noche o el próximo sábado para cenar en mi casa y 
te informaré sobre los hechos entonces. La elección es tuya.
—¿Por qué no puedes decírmelo ahora? —Sueno petulante.
—Porque estoy disfrutando mi desayuno y tu compañía. Una vez que seas iluminada 
respecto a esto, probablemente no querrás volver a verme.

Mierda santa. ¿A qué se refiere? ¿Acaso realiza trata de blancas con pequeños niños en 
algún lugar del planeta olvidado por Dios? ¿Es parte de algún sindicado del crimen de 
los bajos mundos? Eso explicaría por qué es tan rico. ¿Es profundamente religioso? 
¿Impotente? Seguramente no, podría probarme eso justo ahora. Oh, Dios. Mis mejillas 
se tiñen de escarlata al pensar en las posibilidades. Esto no me está llevando a ningún 
lado. Me gustaría resolver el enigma que es Christian Grey más temprano que tarde. 
Aunque si el secreto que tiene es tan asqueroso que ya no querré verlo más, 
francamente, será un alivio. No te mientas a ti misma, me grita mi subconsciente, tendría 
que ser sangrientamente malo para que corras hacia las colinas.

—Esta noche.

Él levanta una ceja.

—Al igual que Eva, quieres comer pronto del árbol del conocimiento. —Sonríe.
—¿Me está sonriendo, señor Grey? —pregunto dulcemente. Idiota pomposo.

Entrecierra sus ojos y levanta su BlackBerry. Presiona un número.

—Taylor. Voy a necesitar a Charlie Tango.

¡Charlie Tango! ¿Quién es ella?

—Desde Portland digamos a las ocho treinta… No, detenido en Escala… Toda la 
noche.

¡Toda la noche!

—Sí. Hasta mañana en la mañana. Lo pilotearé desde Portland a Seattle.

¿Pilotear?

—Piloto en espera desde las diez y media. —Corta la llamada. Ningún por favor o 
gracias.
—¿La gente siempre hace lo que le dices?
—Usualmente, si quieren mantener sus empleos —dice, impasible.
—¿Y si no trabajan para ti?
—Oh, puedo ser muy persuasivo, Anastasia. Deberías terminar tu desayuno. Y luego 
te llevaré a tu casa. Te recogeré en Clayton a las ocho, cuando hayas terminado. 
Volaremos a Seattle.

Parpadeo en su dirección.

—¿Volar?
—Sí. Tengo un helicóptero.

Lo miro alucinada. Tengo mi segunda cita con Christian oh-tan-misterioso Grey. 
Desde café hasta vuelos en helicóptero. Wow.

—¿Iremos hasta Seattle en helicóptero?
—Sí.
—¿Por qué?

Él sonríe perversamente.

—Porque puedo. Termina tu desayuno.

¿Cómo puedo comer ahora? Iré a Seattle en helicóptero con Christian Grey. Y él 
quiere morder mi labio… me retuerzo ante el pensamiento.

—Come —dice más claramente—. Anastasia, tengo un problema con la comida 
desperdiciada… come.
—No puedo comer todo esto. —Dirijo mi mirada hasta lo que queda sobre la mesa.
—Come lo que está en tu plato. Si hubieras comido apropiadamente ayer, no estarías 
aquí y yo no estaría declarando mis intenciones tan pronto. —Su boca se estrecha en 
una línea sombría. Parece enojado.

Frunzo en ceño y vuelvo a mi comida fría. Estoy demasiado excitada para comer, Christian. 
¿No lo entiendes? Explica mi subconsciente. Pero soy demasiado cobarde para expresar 
mis pensamientos en voz alta, especialmente cuando él se ve tan sombrío. Hmmm, 
como un niño pequeño. Encuentro esa idea divertida.

—¿Qué es tan gracioso? —pregunta. Sacudo mi cabeza, sin atreverme a decirle y 
mantengo mis ojos en mi comida. Tragando mi último trozo de panqueque, lo miro. 
Me está observando especulativamente.
—Buena chica —dice—. Te llevaré a casa cuando hayas secado tu cabello. No quiero que te enfermes. —Hay  alguna clase de promesa implícita en sus palabras. ¿A qué se refiere? Dejo la mesa, preguntándome por un momento si debería pedir permiso pero desestimando la idea. 
Suena como un precedente peligroso que establecer. Me dirijo otra vez hacia su 
dormitorio. Un pensamiento me detiene.
—¿Dónde dormiste anoche? —Me giro para mirarlo, todavía sentado en la silla del 
comedor. No puedo ver mantas o sábanas aquí… tal vez las arregló de inmediato.
—En mi cama —dice simplemente, su mirada impasible otra vez.
—Oh.
—Sí, fue una tremenda novedad para mí también. —Sonríe.
—No tener… sexo. —Ahí… dije la palabra. Me sonrojo, por supuesto.
—No —niega con su cabeza y frunce el ceño como si estuviera recordando algo 
incómodo—. Dormir con alguien. —Toma su periódico y continúa leyendo.

¿Qué, en nombre del cielo, significa eso? ¿Nunca ha dormido con nadie? ¿Es virgen? 
De alguna forma lo dudo. Me quedo de pie mirándolo fijamente con incredulidad. Es 
la persona más desconcertante que jamás he conocido. Me doy cuenta que he dormido 
con Christian Grey y me pateo a mí misma… qué hubiera dado por estar consciente 
para observarlo dormir. Verlo vulnerable. De algún modo, encuentro eso difícil de 
imaginar. Bueno, al parecer todo será revelado esta noche.

En su dormitorio, busco en una cómoda y encuentro el secador de cabello. Utilizando 
mis dedos, seco mi pelo lo mejor que puedo. Cuando he acabado, me dirijo al baño. 
Quiero limpiar mis dientes. Veo el cepillo de dientes de Christian. Sería como tenerlo a 
él en mi boca. Hmm… Miro con culpa por encima de mi hombro hacia la puerta, 
siento las cerdas del cepillo de dientes. Están húmedas. Él ya debe haberlo usado. 

Tomándolo rápidamente, pongo un poco de pasta de dientes en él y cepillo mis dientes 
dos veces más rápido de lo normal. Me siento tan traviesa. Es una tremenda emoción.

Tomando mi camiseta, sujetador y bragas de ayer, las pongo en la bolsa de la compra 
que Taylor trajo y me dirijo hacia el área de la sala en busca de mi bolso y mi 
chaqueta. Para mi tremenda alegría, hay un lazo para el cabello en mi bolso. Christian 
me está observando con expresión indescifrable mientras sujeto mi cabello en una 
coleta. Siento sus ojos seguirme mientras me siento y espero a que él termine. Está en 
su BlackBerry hablando con alguien.

—¿Ellos quieren dos?... ¿Cuánto costará?... Muy bien, ¿y qué medidas de seguridad 
tenemos en el lugar?... ¿E irán vía Suez?... ¿Qué tan seguro es Ben Sudan?... ¿Y cuándo 
llegan a Darfur?... Muy bien, hagámoslo. Mantenme informado del progreso. — 
Cuelga.
—¿Lista para irnos?

Asiento. Me pregunto de qué se trataba su conversación. Se coloca una chaqueta azul 
marino a rayas, recoge las llaves de su auto y se dirige hacia la puerta.

—Después de ti, señorita Steele —murmura, abriendo la puerta para mí. Se ve tan 
casual y elegante.

Me detengo, una fracción de segundo demasiado extensa, empapándome de él. Y 
pensar que dormí con él la noche anterior y después de todo el tequila y el vómito, 
todavía está aquí. Lo que es más, quiere llevarme a Seattle. ¿Por qué yo? No lo 
entiendo. Me dirijo hacia la puerta recordando sus palabras: “Hay algo en ti.” Bueno, el 
sentimiento es completamente mutuo. señor Grey y estoy determinada a descubrir qué 
es.

Caminamos en silencio a lo largo del pasillo hacia el ascensor. Mientras esperamos, le 
doy un vistazo a través de mis pestañas y él me mira por el rabillo de su ojo. Sonrío y 
sus labios se contraen.

El ascensor llega y nos subimos. Estamos solos. Repentinamente, por algún motivo 
inexplicable, posiblemente nuestra cercanía en un espacio tan cerrado, la atmósfera 
entre nosotros cambia, cargándose con una eléctrica y estimulante anticipación. Mi 
respiración se altera mientras mi corazón se acelera. Su cabeza se gira hacia mí una 
fracción, sus ojos se oscurecen. Muerdo mi labio.

—Oh, a la mierda el papeleo —gruñe. Se abalanza sobre mí, empujándome contra la pared del ascensor. Antes de que lo sepa, tiene mis dos manos en una de las suyas en 
un férreo agarre por encima de mi cabeza y está clavándome contra la pared utilizando 
sus caderas. Mierda santa. Su otra mano sujeta mi coleta y la tira hacia abajo, 
levantando mi rostro y sus labios están sobre los míos. Simplemente no es doloroso. 
Gimo en su boca, dándole la entrada a su lengua. Toma completa ventaja de esto, su lengua explora mi boca de forma experta. Nunca he sido besada de esta forma. Mi 
lengua tentativamente acaricia la suya y se une en un lento baile erótico que es sobre el 
tacto y las sensaciones, todo golpe y choques de dientes. Levanta su mano para sujetar 
mi barbilla y me sostiene en mi lugar. Y no puedo hacer nada, mis manos están 
sujetas, mi cara en un firme agarre y sus caderas me restringen… siento su erección 
contra mi vientre. Oh Dios… él me desea, Christian Grey, Dios Griego, me desea y yo 
lo deseo, aquí… ahora, en el ascensor.

—Eres. Tan. Dulce —murmura, cada palabra una declaración.

El ascensor se detiene, la puerta se abre y se aleja de mí en un abrir y cerrar de ojos, 
dejándome ahí. Tres hombres en trajes de negocios nos miran y sonríen mientras suben 
a bordo. Mi ritmo cardíaco está por las nubes y me siento como si hubiera corrido una 
carrera cuesta arriba. Quiero inclinarme y apoyarme en mis rodillas… pero eso es 
demasiado obvio.

Lo miro. Se ve tan fresco y tranquilo, como si hubiera estado haciendo el crucigrama 
del Seattle Times. Qué injusto. ¿Es que no está afectado por mi presencia? Me mira por 
el rabillo de su ojo y toma suavemente una respiración profunda. Oh, sí que está 
afectado… y mi pequeña diosa interna se bambolea en una suave samba de la victoria. 

Los hombres de negocios se bajan en el segundo piso. Todavía tenemos un piso más 
que recorrer.

—Cepillaste tus dientes —dice, mirándome fijamente.
—Usé tu cepillo de dientes —respiro.

Sus labios se curvan en una media sonrisa.

—Oh, Anastasia Steele, ¿qué voy a hacer contigo?

Las puertas se abren en el primer piso, él toma mi mano y tira de mí hacia afuera.

—¿Qué es lo que tienen los ascensores? —murmura, más para él que para mí mientras 
camina a lo largo del vestíbulo. Me esfuerzo por mantener la paz con él, porque mi 
ingenio ha sido real y completamente derramado sobre el piso y las paredes del 
ascensor tres del Hotel Heathman. 

4 comentarios:

  1. oh eres genial y el capitulo también continua escribiendo es tu vocación :)

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  2. No puedo dejar de leer

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  3. Es la segunda vez que lo leo es fantastico simplemente

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  4. por fa escribe el capitulo del cuarto de juegos es tan erotico y exitante

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